En frutos secos, la poda es una de las pocas herramientas para regular carga, según especialistas
El desafío es mantener copas iluminadas y ventiladas sin sacrificar calidad ni rendimiento.
En nogales, avellanos, almendros y pistachos, el debate ya no pasa solo por podar o no podar, sino por cuánto, cuándo y con qué objetivo. Un huerto demasiado cerrado puede mantener volumen, pero perder eficiencia: entra menos luz, baja la ventilación y la producción tiende a concentrarse en la parte externa del árbol.
Para Vittorio Bianchini, productor y asesor en frutos secos, uno de los mitos que más limita el manejo es creer que podar significa bajar los kilos. «La poda al fin de cuentas no baja los kilos si está bien diseñada», afirma.
Lo explica con un ejemplo simple en nueces: «Un kilo puede estar formado por muchas unidades pequeñas o por menos unidades de mejor tamaño y mayor valor. Ahí está la diferencia entre mirar solo producción o mirar también calidad», señala.
Luz para llenar
Desde la fisiología vegetal, la explicación parte por la luz. Gabino Reginato, investigador y decano de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, sostiene que de ella depende buena parte del llenado de los frutos. En frutos secos, la luz permite que la planta produzca azúcares que luego son la base para formar aceites y otros compuestos de reserva, claves para el desarrollo y calidad de la fruta.
Cuando esa luz no entra al interior de la copa, las ramas internas pierden actividad y el árbol usa peor su estructura. Reginato lo grafica como un huerto donde las copas se juntan y el suelo permanece oscuro. «Es un huerto en que usted mira el suelo y está negro», señala. En ese escenario, agrega, «es solamente la superficie de la copa la que empieza a dar fruto».
No es podar por podar
La poda no busca dejar árboles pequeños ni abiertos sin criterio. El objetivo es capturar luz, pero conservando iluminación interna. El problema aparece cuando el cierre es excesivo. Reginato advierte que en avellanos muy emboscados empieza a haber una baja de producción, porque no hay suficiente luz al interior de la copa.
Bianchini coincide en que el punto es definir una estrategia. «Lo primero es que hay que podar. Segundo, es la cantidad. Tercero, es la forma», resume. Para el asesor, la decisión debe partir por un diagnóstico: identificar el principal problema del huerto y trabajar la hilera completa, más que mirar cada árbol por separado. En esa lógica, plantea que los mejores resultados se logran cuando la planta ocupa cerca de la mitad del espacio y el resto queda disponible para luz y ventilación.
Dejar de intervenir por miedo a bajar kilos puede hacer que el árbol crezca, se cierre y pierda eficiencia productiva.
Más intensidad
En nogales, el cambio ya se nota. Miguel Carús, asesor de EasyNut, plantea que la poda se ha ido intensificando y que los productores le han perdido miedo. «Es una herramienta que bien dimensionada, bien estratégica, en general genera más cosas positivas que negativas», señala.
Según explica, antiguamente los nogales se podaban en torno a un 5% anual del árbol, mientras que hoy se habla de 15% a 20%. «La poda bien dimensionada, hablando de esos porcentajes, es más mito que realidad que baje la producción», afirma.
La intensidad depende de cada huerto: si está muy grande o emboscado, debe ser mayor; si está equilibrado, puede ser menor.
Calibre y carga
En frutos secos, la poda también regula carga. Reginato explica que, al disminuir la cantidad de frutos, muchas veces mejora el calibre, porque cambia la relación entre hojas y fruta. No se trata solo de abrir luz, sino de definir cuánta fruta puede sostener el árbol sin castigar tamaño ni calidad.
En nuez, donde el tamaño tiene importancia comercial, esto puede ser determinante. En avellano o almendro, donde el mercado no siempre diferencia tanto por tamaño, el criterio puede ser distinto: podar más suave, mejorar luminosidad y maximizar producción.
Por eso, aplicar la misma receta a todos los frutos secos puede ser un error. Bianchini explica que la arquitectura y densidad del follaje cambian según especie: en nogal, la luz puede penetrar cerca de un metro y medio; en avellano y pistacho, han observado una penetración menor, cercana a 1,10 metros.
Ventilar también produce
La ventilación también tiene impacto productivo, especialmente en nogales y zonas donde el exceso de humedad favorece problemas sanitarios.
Reginato señala que el árbol debe capturar bien la luz, pero también ser lo más transparente posible para que el viento ayude a secar el follaje después de una lluvia y reduzca problemas como la peste negra.
Carús coincide en que el manejo cambia según la zona. En nogales desde Rancagua y Maule hacia el sur, dice, la poda adquiere mayor relevancia por las lluvias y la presión sanitaria. En esas zonas, advierte, se pueden ver pérdidas productivas de 20% a 30%, asociadas a peste negra y otros problemas ligados a la estructura.
«En el sur tenemos que ser más intensos, generar mayor ventilación y tener plantas más chicas», señala. En esas condiciones, agrega, las plantas grandes y cerradas dificultan que las aplicaciones fitosanitarias lleguen al interior de la copa.
Decidir antes
Bianchini recomienda definir la estrategia al terminar la cosecha, antes de que el árbol pierda completamente el follaje. En invierno, advierte, un huerto puede parecer iluminado, pero esa lectura puede ser engañosa.
«Hay que podar en base a una proyección, porque muchas veces en invierno uno dice: el huerto está iluminado. Sí, pero a eso hay que agregarle las hojas y el crecimiento de los brotes nuevos», señala.
Para Reginato, esa planificación es crítica porque después de la poda hay poco margen para corregir la carga. «En frutos secos no existe esa regulación. La poda es prácticamente todo desde el punto de vista de regulación», afirma.
Por eso, más que una labor de invierno, la poda aparece como una decisión productiva: define cuánta luz entra al huerto, qué tan ventilada queda la copa y cuánta fruta de calidad puede sostener el árbol.
«La poda al fin de cuentas no baja los kilos si está bien diseñada», Vittorio Bianchini.


