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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
En ocaciones, Chile se parece a esas danzas rituales que, en la mitología antigua, ejecutaban las bacantes en éxtasis: eran coreografías de celebración y entusiasmo que solían terminar en una carnicería furiosa con descuartizamientos y hasta canibalismo.
Leonardo Sanhueza
Tal vez lo único que los chilenos adoramos de manera unánime y sincera es nuestra sismología. Hasta el vino nos hace dudar, ya que siempre están los franceses para agacharnos el moño, pero a nuestros temblores les tenemos una fe inquebrantable. Nunca nos fallan, son nuestra fortaleza. Ayer lo vimos: como en España estaban con el baile de San Vito por un pequeño sismo que acá no despertaría ni a nuestros ultrasensibles gatos, nuestra situación tectónica volvió a darnos un verdadero orgullo de pueblo elegido. Salvo cuando ocurren, somos enteramente fieles a nuestros terremotos.
En todo lo demás, vivimos en un vaivén frenético de idolatría e iconoclasia. Hacemos engordar nuestros ídolos con el mismo desenfreno con que después gozamos su caída. En eso al menos, somos mucho más dionisíacos que apolíneos. En ocasiones, Chile se parece a esas danzas rituales que, en la mitología antigua, ejecutaban las bacantes en éxtasis: eran coreografías de celebración y entusiasmo que solían terminar en una carnicería furiosa con descuartizamientos y hasta canibalismo. Quizás de ahí viene esa legendaria manera de socializar con un afuerino llamada «la talquina», rito propio del Maule, que comienza con todo tipo de agasajos y adulaciones, prosigue con grandes cuchipandas honoríficas y culmina con una paliza de padre y señor mío propinada por los anfitriones al inocente invitado.
Joaquín Edwards Bello acuñó el concepto de «presidentofagia» para señalar nuestra costumbre de elegir presidentes con todo el bombo y el cotillón que sea posible, para luego hacer arar al elegido y llevarlo a la piedra sacrificial. Es decir, hacerle la talquina. A menudo, detrás de esos procesos no hay más que exceso de opinión o inmadurez, pero estas cosas ocurren en una red de intereses y poderes, de modo que, aunque todo fuera una chunga irresponsable, sus efectos pueden ser gravísimos, como de hecho lo han sido varias veces en nuestra historia.
La presidentofagia es el caso extremo, pero el modelo sirve a toda escala. En el fútbol, los hinchas disfrutan el ascenso de sus ídolos, pero en su defecto no les vienen mal las cabezas cortadas, especialmente de entrenadores. Eso lo comprendió muy bien el técnico Azkargorta, cuando renunció a la Selección nacional apelando al refrán «Muerta la perra, se acaba la leva». Sabía que su sacrificio no era estratégico, sino ritual y síquico. Lo mismo ocurre, u ocurría, en el Festival de Viña, cuyo cambiante Monstruo solía representar a la perfección el idólatra iconoclasta que cada chileno tiene adentro.
Da escalofríos ese placer que se halla en la caída ajena. Una suerte de excitación atávica, primitiva, surge cada vez que una autoridad anuncia que hará algo «caiga quien caiga», en lugar de hacerlo nomás. Más que la inteligencia o el sentido de la justicia, lo que late allí es una bestialidad de galucha, de inversión evolutiva, que pervierte al «animal político», hipnotizándolo con el olor de la sangre y el refinado sonido de las guillotinas.


