Inolvidable maratón vienesa

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La reciente fecha de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Chile fue una de las jornadas más entretenidas y chispeantes que ha vivido la actividad de conciertos santiaguina en muchísimo tiempo. La agrupación recibió como director invitado al austriaco Peter Guth para liderar un largo programa dedicado a Viena, con música de Mozart, Schubert y el tan gustador repertorio de la familia Strauss.

Guth marcó la diferencia desde la partida, pues su ingreso al escenario fue seguido por un niño caracterizado como un pequeño Mozart, que llevaba su batuta en una bandeja de plata. Ese simple y simpático gesto abrió anchas puertas para disfrutar de una verdadera maratón vienesa, que se extendió por más de dos horas y media, manteniendo enfervorizada a una audiencia que desbordó el teatro de Plaza Baquedano..

El gran Mozart se hizo presente primero con el famoso Divertimento K. 136 (aquí anunciado como Sinfonía «Salzburgo») y luego con el menos famoso Concierto N° 16 para piano y orquesta. En el primero, sólo a cargo de las cuerdas, esa batuta hizo maravillas en materia de agilidad y fraseos; en el segundo se unió al sólido accionar de Victoria Foust en el teclado (caracterizada con hermoso vestido y peluca dieciochesca) para entregar una vibrante versión que la pianista propinó con un curioso y alambicado arreglo de Rachmaninov para una pieza de Kreisler.

Tras un breve y refinado paso por un trozo balletístico de «Rosamunda» de Schubert, la primera parte terminó con el inicio del gran festival Strauss que vendría luego. Fue el célebre «Vals del Emperador» lo que el maestro Guth eligió para mostrarse como gran señor en un repertorio en el que su dirección, casi siempre violín en mano, contagió gracia, autoridad y una enorme dosis de simpatía.

Johann Strauss padre e hijo, además de Josef Strauss y Eduard Strauss colmaron el resto de la jornada con un vendaval de alegres piezas, donde hubo valses, polkas, cuadrillas y oberturas. Para cada una de ellas Guth tuvo palabras introductorias y muchas de ellas traían graciosos aditamentos (palmas, silbidos, carcajadas y taconeos) que hicieron la delicia de la audiencia, exigente de más música en el final. Esta llegó con la polka «Truenos y Relámpagos» (en que la orquesta y el público hicieron «la ola»), y la marcha «Radetsky» (con un distendido «trencito» del director y los primeros violines desfilando por los pasillos del teatro).

Nos hacía falta vivir un momento como éste, que en forma así de distendida y graciosa nos trajera este valioso repertorio orquestal tan dejado de lado de nuestra programación de conciertos. Liderado por Peter Guth, con su derroche de amabilidad y simpatía, se transformó en una experiencia única y mágica. ¡Inolvidable!

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