Nuestra relación con la ciencia no debe ser muy distinta de la que tenía el populacho en la Grecia presocrática o en el Chile de la Colonia.
En los días siguientes al terremoto de Haití recibí una oleada de spams que en lo esencial repetían dos teorías sobre las causas de la catástrofe. La primera era de tipo religioso y atribuía el desastre a un castigo de Dios o a la acción del Diablo o a ambas cosas a la vez, debido a la práctica del vudú. La segunda era de tipo conspirativo y urdía una enmarañada trama de racismo, sectas, imperialismo estadounidense e interesantísimas armas tectónico-climatológicas de destrucción masiva. A ninguno de esos rebotadores de spam parecía satisfacerle la explicación científica, como si la teoría de placas fuera demasiado sencilla o deslavada.
El caso Haití es sólo una exageración de una actitud casi normal frente a los fenómenos de la naturaleza, cuya explicación más sensata siempre pierde la batalla comunicacional contra la más rebuscada o inalcanzable. El contraste es patético entre ese imperio de la superstición y su soporte actual en internet, que es una tecnología sofisticadísima e imposible de concebir sin la historia del conocimiento científico que la superstición niega.
La prensa, como es lógico en el marco de la caza de audiencias, desdeña la ciencia hasta que ésta se mete en terrenos donde la superstición tiene algo que decir, porque entonces la noticia se sale de su planicie real para entrar de lleno en los terrenos del realismo mágico o esotérico. La ciencia debe tener gusto a supersticiones o autoayuda: nada de insípida ciencia pura. Los titulares sobre genética sólo se multiplican cuando cunde el rumor de que no sé qué científico loco está a punto de clonar una guagua o crear un centauro. En cuanto a las prótesis, jamás nos enteramos de nada, salvo cuando se trata de un nuevo paso hacia la obtención de una mujer biónica o unas piernas que no sirven para caminar, sino para batir récords olímpicos.
Nuestra relación con la ciencia no debe ser muy distinta de la que tenía el populacho en la Grecia presocrática o en el Chile de la Colonia, donde todo se podía explicar por fuerzas supraterrenas o por el siempre incontestable refranero popular. Hasta la gravitación universal nos la tragamos con ciertas reservas, digamos, «hasta nuevo aviso»: no vaya a ser cosa que se descubra un día que las manzanas caen de los árboles por acción de los rusos o porque Dios las llama a retiro.
Un colisionador de partículas era un artefacto aburridísimo, que ningún medio de prensa habría acogido en su pauta, hasta que se propagó el rumor de que unos sabios delirantes harían un experimento cuyo resultado potencial era un agujero negro que chuparía el universo entero como si fuera el desagüe de una tina cosmológica. Pamplinas: hoy como ayer, nadie tiene ni la más remota noción de lo que es un choque de partículas.
El colmo de ese infantilismo periodístico sucedió este fin de semana, cuando la prensa recogió de manera frenética la noticia científica del año: el físico más famoso del orbe, Stephen Hawking, ha revelado con su inmensa sabiduría que, en caso de invasión extraterrestre, lo mejor es mantenerse a cierta distancia de las fuerzas alienígenas. Podría haberlo pensado Pelé o Mandolino, pero lo pensó Hawking: oh, qué interesante.


