Investigadora rearma la historia de los terremotos a partir de cartas y viejas crónicas

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Ignacia Calisto, del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción

Recolecta información para crear modelosmatemáticos y determinar lo más precisamente qué tipo de movimiento telúrico provocó esos

«Primero se oyó un estrépito formidable, seguido de sucesivas sacudidas de la tierra, de sur a norte, en forma de olas marinas, que impedían a los aterrados pobladores mantenerse en pie. Al ruido ensordecedor del terremoto se sumó el del derrumbe de los edificios, desencajados desde los cimientos. Una nube de polvo, que tornaba casi imposible la respiración, envolvió los montones de escombros a que se habían reducido las ciudades. Cada nueva sacudida era acompañada de estampidos, que hacían la impresión de que un volcán había reventado bajo la ciudad. En varios lugares, el suelo se dividió en grietas profundas».

En cartas como la que el intendente interino de Concepción, coronel Ramón Boza, les escribió a sus superiores en Santiago para informarles las desastrosas consecuencias del terremoto de 1835 en la ciudad, la directora del Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción, Ignacia Calisto, ve valiosos datos.

«Es muy entretenido. No sabía que me gustaba tanto la historia. Leer en textos, escritos a veces en lenguaje poético, sobre la destrucción, las leguas. Toda esa información es útil», cuenta la doctora en física.

Escenarios posibles

Estos datos hay que traducirlos a un lenguaje técnico. Si la carta habla, por ejemplo, de que dos son las ciudades destruidas, separadas por un número conocido de kilómetros, o de que el agua que entró a la ciudad después del sismo dejó marcas a cierta altura en el muro de una iglesia, quizás, que está a una distancia determinada de la costa, la historia se va armando científicamente.

«Lo que hacemos primero es tomar la información que dicen los libros de historia: uno va marcando en un mapa la extensión y determinando la magnitud. Luego construimos cientos de miles de escenarios con esa información», explica. Se trata de modelos matemáticos desarrollados para intentar determinar qué tipo de terremoto y qué tipo de tsunami tuvieron que ocurrir para provocar las consecuencias descritas en los textos.

A veces esos modelos se enriquecen con datos geológicos o geográficos obtenidos en terreno muchos años después de la catástrofe, para afinar la puntería. Así la lista se reduce drásticamente hasta llegar a la mejor probabilidad.

36 grados

El equipo de Ignacia Calisto reconstruyó de esta manera tres terremotos: el de 1751, el de 1835 y el del 2010, que son muy similares en cuanto a ubicación y a extensión del daño. «Alrededor de los 36 grados, los tres terremotos rompieron. Quizás podríamos decir que, independiente de donde ocurran, un poco más al norte o hacia el sur, esa zona va a romper», explica. Los 36 grados es el paralelo 36 sur, donde está Cauquenes.

La ruptura del 2010 fue un poco más al norte que los otros dos. Eso es significativo. Ni el terremoto de 1751 ni el de 1835 lograron aliviar la energía acumulada que se liberó hace 14 años. Se acumuló desde mucho antes.

Los geofísicos hablan de «silencios sísmicos», que sirven para calcular las probabilidades de que ocurra un movimiento telúrico en una determinada zona. Se hace una lista de ellos y se determina los años que los separaron. Por ejemplo, podrían ocurrir cada 25 o 100 años en promedio. Si esa ventana se sobrepasa, es más probable que ocurran. Sin embargo, la información no es precisa. «Necesitamos poder reconstruir más atrás», cuenta. Eso quiere decir buscar en los textos terremotos más antiguos aún en la zona y correr más modelos matemáticos.

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