Ir al estadio y volver a casa en un cajón

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Los muertos ya no los contamos; dejamos que se acumulen uno tras otro en un pacto de indiferencia que se levanta como un muro entre nosotros y las víctimas

José Tapia salió de su casa un domingo por la mañana en Llay-Llay y fue entregado a su familia en un cajón dos días después. Con una herida en el pecho que le atravesó el corazón y un pulmón. Lo asesinaron el domingo 10 de marzo y en poco más de tres meses no se sabe nada más que eso: había ido al estadio, a ver un partido de fútbol, y lo mataron cuando el bus que lo llevaba de vuelta a su tierra fue emboscado por una barra rival a un costado de la Autopista Central. Morir así es morir dos veces: en manos del asesino y del olvido de quienes deben buscar que se haga justicia.

La historia se repite una y otra vez; y el dolor de todos apenas nos duele un rato, para terminar vaciando de contenido el principio elemental de que toda vida es una vida. El primero de la lista fue Danilo Rodríguez, hincha de Unión Española, con 17 años el 25 de noviembre de 1990, víctima de una golpiza en Vicuña Mackenna con Departamental que lo mantuvo en agonía hasta que falleció seis días después en el hospital Barros Luco. El último se llama Claudio Maldonado, de 40 y padre de cinco hijos, apuñalado este miércoles por una turba en la esquina de Mirador con Exequiel Fernández, también a unas cuadras del estadio Monumental. A esta hora su cuerpo todavía no sale del Instituto Médico Legal. No hay duda, por supuesto, de que sólo será el último hasta que el próximo ocupe su lugar.

José andaba con una camiseta de Colo Colo, Danilo con una bandera y un gorro de la Unión, Claudio con un buzo de Colo Colo. Es tan débil, y al mismo tiempo inentendible, la razón que deviene sentencia de muerte: otra ropa, otro color. Cualquier explicación en esta línea aumenta la sensación de angustia de quienes nos vimos, o hemos visto a un ser querido, tantas veces en la misma situación: camino al estadio o de regreso, en ese rito que todavía significa demasiado para muchos, lo suficiente para ir al fútbol aunque la alegría se convierta en miedo.

Leo la columna de Julio Martínez en Las Últimas Noticias, el 4 de diciembre de 1990: «¿Quién responde por ese asesinato a la salida de un campo deportivo? Nadie. Es el acto vandálico y canallesco de los que proceden al conjuro de una pasión mal entendida. En complicidad masiva. Cobardemente. Ni siquiera puede apelarse al castigo de la conciencia, porque ese llamado no lo sienten. La irracionalidad desconoce toda norma de convivencia. ¿Quién mató a ese joven que regresaba enarbolando una bandera una tarde alegre y regocijante para su alma emocionada? Lo asesinó el mundo actual, la sociedad en que participamos, la manada rugiente que se convierte en horda y el desahogo propio de los miserables». No hay culpables ni castigos, ni entonces ni ahora.

De eso ya son casi treinta y cuatro años y los muertos ya no los contamos; dejamos que se acumulen uno tras otro en un pacto de indiferencia que se levanta como un muro entre nosotros y las víctimas, quizás rezando para que no llegue el día en que nos toque mirar la tragedia desde el lado equivocado.

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