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Título/Pie de foto: Rafael Gumucio
Somos capaces de arriesgar todo por diez o veinte segundos, algo que sólo reafirma nuestra fantasía del tiempo infinito.
Rafael Gumucio
Motos, autos, aviones, runners que se muelen las piernas corriendo aunque nadie los persiga. 120 kilómetros por hora, 150, 200. ¿Dónde van tan apurados todos? ¿Hacia dónde corren a riesgo de perder su vida?
Los arqueólogos del futuro se preguntaran seguramente por qué una cultura que como ninguna alargó la vida se llenó de locos del volante cada vez más frenéticamente apurados.
¿Por qué gente que tiene más y más tiempo teme de una forma casi religiosa perder aunque sea un segundo? Capaces de perder la vida misma, romperse la cara, quebrar matrimonios, olvidar los hijos, perder el aliento y el latido del corazón con tal de llegar antes.
Tan ansiosos van, que pueden incluso darse el lujo de nunca llegar con tal de hacerlo de un modo apurado.
La repuesta a este acertijo es para esos arqueólogos imposible de imaginar siquiera. Lo que nos obliga a alargar la vida es lo mismo que nos apura hasta el grado de no poder vivirla razonablemente. No queremos en el fondo ahorrar tiempo, no queremos disponer de más minutos. Lo que realmente buscamos es abolir el tiempo mismo.
No queremos vivir más y llegar antes, queremos lograr el raro sueño de un mundo en que no haya antes ni después, en que vivamos no más ni mejor sino que vivamos para siempre.
Por eso todo apuro es poco, toda agitación sólo un simulacro de esa eternidad que mientras corremos nos roza la cara junto con el viento. Pensamos a través de ese imposible apuro atravesar el muro del sonido y alcanzar un improbable silencio en que ya nadie ni nada pueda interrumpir nuestra marcha.


