La bandera chilena, top ten mundial de belleza

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La verdadera historia tras la elección del estandarte más bonito del planeta

Neocelandés fanático del buen gusto ideó un completo decálogo para diferenciar entre un emblema bien diseñado y una toalla de playa.

En un concurso realizado en la Costa Azul, la banderita chilena fue elegida como la más linda del mundo. Otras fuentes señalan que en verdad se ubicó detrás de la tricolor francesa; una tercera versión indica que nuestra «estrella solitaria» estuvo acompañada en el podio por Suiza y Gran Bretaña.La imprecisión tiene un motivo obvio: al igual que el concurso de himnos nacionales -donde el «Puro Chile» remató segundo tras la Marsellesa- el certamen internacional banderero jamás se efectuó. La historia es sólo leyenda; si alguna vez hubo torneos de ese tipo no tuvieron ninguna formalidad.

¿Qué posición ocupa entonces nuestro orgulloso estandarte en el ranking mundial de belleza? No podemos saberlo, pues tal escalafón tampoco existe. Esa intrascendente duda, sin embargo, no es patrimonio nacional.

Un neocelandés -muy disconforme con su propia enseña, cargada de colonialismo y casi idéntica a la australiana- se dio la lata de ordenar todas las divisas del planeta según un patrón estético definido por él mismo. Que se sepa, nadie más ha creado una taxonomía tan compleja; a falta de algo mejor, su sarcástico listado extraoficial es discutido en la red por cientos de vexilólogos (es decir, especialistas en banderas).

Al confeccionar su ranking, Josh Parsons -filósofo, programador y diseñador aficionado- se basó más que nada en el sentido común. «Existen diferencias de calidad evidentes entre las distintas banderas: ciertos países se tomaron en serio asuntos como el color, la forma y la disposición de los elementos; otros han sido perezosos, copiones o han creado adefesios que simplemente resultan dolorosos de ver», advierte. Para nuestro goce chovinista, a Chile no le fue nada de mal.

¿Qué distingue a un «buen» emblema? Parsons se ciñe a dos pautas: que los colores combinen de manera armónica y el diseño sea tan simple que pueda ser copiado con facilidad por cualquier niño de básica. Hay banderas «bonitas» que reprueban por este último detalle: la albiceleste uruguaya -con su simpático sol sonriente en el marco superior- resulta irreproducible incluso para un adulto. Un escolar chileno, con pocos trazos, puede dibujar su banderita sin mayores apuros: eso es muy bueno.

«Hay países que han sido perezosos, copiones o han creado adefesios que simplemente resultan dolorosos de ver», dice Josh Parsons.

 El decálogo de una bandera bonitaA sus dos reglas de oro -buena combinación de colores y sencillez- Josh Parsons agrega otros parámetros que le permiten depurar la clasificación de banderas:

Nada de letras: ni el nombre del país (como El Salvador), ni sus iniciales (Ruanda), ni menos lemas en latín o frases completas (Arabia Saudita). La bandera sirve para ser distinguida de lejos, no para «leerse».

No calcar el mapa del país como si sus ciudadanos no supieran dónde están parados (Chipre, un caso típico).

No incluir imágenes tan complejas que resulten imposibles de dibujar; ejemplos claros son el cedro libanés, el dragón rampante de Bután o el águila mexicana.

No decorar una bandera con otra bandera: tras décadas de independencia, Australia y Nueva Zelanda aún no se liberan de la «Union Jack» británica, por ejemplo.

No abusar de las estrellas ni de los tricolores.

La sobriedad está bien, pero sin irse al chancho. La bandera de Libia -verde y sin adornos- parece algo pobre, por no decir similar a un mantel.

No pasarse de listo inventando formas demasiado originales que se alejen del clásico rectángulo. Un ejemplo obvio: los banderines nepalíes.

No decorar la bandera con escudos tribales, lanzas, cimitarras ni machetes.

La más bonita de todasJosh Parsons -nuestro experto banderero- prefiere los diseños simples, pocos colores y sólo un símbolo distintivo.

Así, en su «top ten» figuran las humildes enseñas de Somalia y Vietnam (estrellas y fondo liso), Pakistán y Turquía (estrella, medialuna y nada más) y Japón (el inconfundible sol rojo sobre blanco). También destaca a la estrella de David israelí, la hoja de arce canadiense y la cruz blanca del pabellón suizo. En suma, una idea central fuerte basta y sobra.

Entre los aprobados con distinción aparece Chile, con un dignísimo décimo puesto compartido con otros tres países. ¿Sus méritos? La sencillez para simplificar el patrón tricolor de «barras y estrellas» estadounidense y ningún elemento que viole las reglas. Nada espectacular, pero suficiente.

El primer puesto es toda una sorpresa: Gambia, pequeña nación africana cuyo territorio se reduce al río homónimo y su ribera circundante. Su estandarte, sin ser un mapa, representa hábilmente a la curiosa geografía nacional: el rojo de la sabana norteña, el azul de curso fluvial que alimenta al país y el verde del exuberante bosque tropical del sur. El blanco, claro, simboliza a la añorada paz. Nada mal para ser sólo una bandera.


Brasil, la «banderinha mais fea do mundo»La escala de notas va de la A a la D. Una categoría especial condena a las «toallas de playa» que identifican a tres posesiones estadounidenses del Pacífico Sur: la recargadísima bandera de las Islas Marianas del Norte es la peor calificada de todo el ranking. «Parece diseñada en paint», opina Josh Parsons.

Chile está en el grupo de los distinguidos; con nota B aparecen vecinos un poquito menos inspirados como Argentina o Perú y casi todos los tradicionales pabellones europeos, funcionales pero algo sosos. En la C se agrupan experimentos fallidos, como las infinitas estrellas de EE.UU., el sol naciente de Macedonia («recuerda a una explosión nuclear») y las enseñas gemelas de Australia y Nueva Zelandia.

La nota D está reservada para «barbaridades», según el criterio personal del experto. Ahí tiene lugar Kazajstán y su fosforescente combinación de calipso con amarillo; o Bielorrusia y Turkmenistán, que incluyen intrincadas filigranas de alfombras en su diseño («inducen al vómito», acusa).

Un lugar especial ocupa Mozambique, cuyos confundidos creativos estimaron adecuado estampar en su divisa la silueta de un fusil AK-47. La mayoría de los estandartes centroamericanos, poco originales y muy semejantes entre sí, también caen acá.

La peor bandera del mundo libre es una vieja conocida. Brasil, a juicio de Parsons, resumió todos los pecados que un diseñador podría cometer: colores chillones, montones de elementos desperdigados y un innecesario lema central. «La constelación estelar es original pero atroz», sentencia el mordaz vexilólogo.

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