La cicatriz que cruza el labio de Fernanda

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Conde Vrolok sucumbe ante su presencia

La protagonista de Mujeres de lujo no hace ni un esfuerzo por disimular sus heridas de guerra.

«La del labio no es la única cicatriz, tengo muchas más en el cuerpo. Y todas juntas se han convertido en el mapa de mi vida», reconoce orgullosa la regenta del «Club Esmeralda», el prostíbulo más visitado por los televidentes y agrega: «Todas mis marcas son perfectas para la Esmeralda, ella es una mujer vivida que le ha pasado de todo: estuvo metida en trata de blancas, le pegaron mil veces, fue abusada. Así que hemos aprovechado de mostrarlas porque todas mis cicatrices le sirven»

A Fernanda la operaron de apendicitis a los ocho años y después de esa intervención le diagnotiscaron que tenía problemas serios de cicatrización: «Cada herida significa queloides, o sea que no tengo un proceso normal de curación porque mi piel crece exageradamete y las marcas que me quedan son mucho más grandes que las de cualquiera», explica como si hablara de algo tan cotidiano como ducharse.

Mujer elefante

En tercero básico, la actriz empezó a practicar nado sincronizado y no paró más. Ocho años después entrenaba sin descanso para debutar como campeona nacional en un torneo sudamericano organizado en Colombia: «Nos preparamos todo un año para ir a la competencia, durante nueve meses entrenamos cinco horas diarias, combinando natación con rutinas de pesas y danza. En el verano llegábamos temprano a la piscina y pasábamos nueve o diez horas en Santa Rosa de Las Condes, incluso una vez entrené hasta quince horas. Es que faltaba poco para Colombia y además de nadar con el equipo, me tocaba hacer una presentación sola», cuenta la sirena biónica.

Estaba nerviosa, pero sentía que el sudamericano de natación era el evento más importante de su vida y aclara: «Para mí lo era todo, prefería mil veces la compentencia que ir al paseo de fin de curso».

Y en eso estaba, entrenando, cuando se le ocurrió que ella también merecía un descanso: «Después de estar toda la mañana en el agua, mis compañeras salieron un rato y yo tuve que seguir practicando mi solo. Me bajó la maña y le dije a la entrenadora que iba al baño, salí corriendo y cuando estaba bajando las escaleras se me apagó la tele». No se desmayó gratuitamente. Ese día no había tomado desayuno y se le olvidó comer algo a media mañana.

Cuando recuperó la conciencia estaba de guata sobre el maicillo con un guardia que la miraba atónito y un fuerte dolor en una mano. «Me fui al baño y justo estaba mi hermana que siempre ha sido como mi ángel de la guarda, me puse a llorar y le mostré la mano. Ella me dijo que me estaba saliendo sangre de nariz, me lavó la cara y ahí me di cuenta de que tenía todo abierto, sólo me colgaba un poquito de labio. De repente me pasé la lengua por debajo y salió para afuera entremedio de la piel». Con un héroe improvisado que detuvo el tránsito, llegó como pudo a la Clínica Santa María y un cirujano plástico le regaló 36 puntos y la mandó a su casa: «Al día siguiente me desperté y casi me morí cuando me vi en el espejo, me había convertido en la mujer elefante: se me infectó la herida, se me hinchó toda la cara, la boca me colgaba, no se me notaba ni la nariz ni un ojo, me llené de costras. era un monstruo», recuerda divertida.

Volvió a la clínica pero esta vez a la UCI. El veredicto de los doctores era fatal: Fernanda se podía morir si no se detenía la infección. Pero a ella sólo le preocupaba una cosa: » Ni siquiera se me pasó por la cabeza no ir a Colombia». A pesar de las rabietas que le hizo a los especialistas que la visitaban diariamente, Fernanda se quedó en Santiago, ni siquiera podía correr el riesgo de que la picara un mosquito colombiano. «Lo bueno es que no se me rompió ningún diente», remata divertida.

El bozal

Además de no poder competir, Fernanda sufrió otros dolores asociados: «A los 16 años estaba entrando en la etapa coqueta, recién me estaba empezando a fijar en los chicos y me moría de pena porque estaba segura de que iba a quedar deforme para el resto de mi vida». Cuando pasó la infección tuvo que dormir seis meses con «un bozal que aplastaba la cicatriz» y durante el día usar parches de silicona. Después de seis meses de tratamiento, sentía que se le había «enchuecado» la boca y eso la acomplejaba. Después, se dio cuenta de que tenía mucho que agradecer: «Había pasado de ser un monstruo a tener una cicatriz no más».

Tiene tan incorporada su marca en el labio que no se preocupa de esconderla bajo el maquillaje y recuerda: «Una vez me sacaron una fotos y con photoshop me la borraron. Me cargó. ¿Por qué me la quitaron, si esta cicatriz es mía?.

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