Vaya que hemos progresado en lo poco que llevamos del siglo XXI. En alimentación se prevé que el costo de producir seres vivos, como ganado para alimentación humana, será insostenible en corto tiempo. Las tendencias alimentarias proclaman que hay que replantearse frente a las soluciones de nuestros ancestros remotos, cazadores recolectores. Y ahora navegamos, en pleno, la aceptada e instaurada Era Vegana, que el siglo pasado en Chile fue apenas el sueño de Ismael Valdés Alfonso, el visionario fundador de El Naturista, que se adelantó en un siglo a su época.
«No comamos a otros seres tan animales como nosotros», sería la idea general. La idea no es nueva: los judíos, respecto a la comida kosher, consideran que la animalidad está en la sangre (por eso es un rito el degollado de los corderos). Y las grasas animales pesan sobre la salud del hombre de hoy. Por convicción hay más vegetarianos y, la etapa siguiente, más veganos.
Pero, ojo: en un mundo donde importa vender, seguro que las ofertas veganas van a aumentar. Y si bien un batido de garbanzos puede hacer las veces de una legítima mayonesa, ¿es conveniente reemplazar los magníficos beneficios del Omega 3 y otros elementos nutritivos y saludables de los pescados, en un país involuntariamente tan oceánico como el nuestro, para mantenerse fiel a un veganismo sin transar?
Sin duda, es cosa de cada uno. Libertad de elección, el máximo privilegio humano cuando se dispone de él. En Chile se desperdicia el tesoro alimentario de la biomasa de su pesca. Tanto así que, en vez de usarlo en nutrición humana, se dedica a abono agrícola. Pero averigüemos si estamos en la ruta correcta para el bien de un país que tiene aún tantas deficiencias nutritivas en su población. Bienvenidas las versiones que defienden la existencia de los demás animales. Pero empecemos por asegurarnos de que nuestros semejantes humanos puedan disfrutar del mínimo que les permita existir, siquiera.


