El esquiador náutico espera que se descongele el lago para volver a entrenar
El campeón panamericano fue padre por segunda vez, se levanta a la cinco de la mañana para hacer yoga y trabaja fabricando esquíes.
Ogden, una apacible localidad de Utah, en Estados Unidos, cobija hace casi dos años al esquiador náutico chileno Emile Ritter (32) y su familia, la que acaba de dar la bienvenida a Aina, quien junto al pequeño Rua (2) y su esposa Antonia son el motor del hombre que en Santiago 2023 se coronó campeón panamericano luego del espectacular brinco de 64,7 metros que realizó en la laguna Los Morros de San Bernardo.
¿Cómo han sido estos meses luego de los Juegos?
«Súper ajetreados. El 20 de enero nació Aina, quien, y qué rápido pasa el tiempo, ya va a cumplir un mes. Pero la estamos disfrutando muchísimo. Los inviernos aquí son más duros, aunque igual es rico porque uno pasa más tiempo en casa».
¿Y cómo está su esposa?
«Antonia está bien. Nuestro primer hijo, Rua, nació en Chile, mientras que a Aina la tuvimos acá, así que fue una experiencia nueva. Nos estamos acostumbrando ahora que somos cuatro. Obviamente que las noches son difíciles, pero ser papá nuevamente es un regalo. Rua en maorí tiene relación con el agua y Aina es una palabra hawaiana que es como el respeto al mar y la tierra. Nos gustan los nombres cortos y mejor si son con significado».
¿Y Rua ya agarró los esquíes?
«Para serte franco, no le gusta el esquí en el agua. Acá al lado tenemos mucho esquí de nieve y eso le encanta: hemos ido todo el invierno a esquiar. El agua todavía no lo engancha. Yo partí a los 2 o 3 años, cuando apenas podía caminar. Mi papá era más extremo, pero la verdad es que no quiero apurar el proceso con Rua».
¿Viajó algún familiar para acompañarlos?
«Vino mi suegra para el momento del parto. Aunque es difícil, vivimos solos todo el año, así que estamos bien acostumbrados a arreglarnos con las cosas que se nos presenten. Mi señora está en la casa, con dos niños tiene mucha pega. Yo salgo a trabajar para tener algo de plata, porque no me puedo dedicar solo a esquiar, no da».
¿A qué se dedica?
«Fabrico esquíes de agua en una empresa que se llama Goode. Casi todas las fábricas de esquí de agua están al sur de Estados Unidos por temas de humedad. Aquí se busca un clima un poco más seco porque, cuando uno prensa los esquíes, quiere tener la menor humedad posible para evitar burbujas o cosas entremedio de las capas. En esta zona hay mucho esquí de nieve y esta empresa antes también los hacía, pero ahora solo produce los de agua».
¿El ser ingeniero le ayuda en su trabajo?
«Creo que la carrera de ingeniería te cambia la forma de ver, porque se aplica en todo. Mi especialidad es obras civiles, y aprendí a hacer esquíes acá. A esta fábrica le gusta cómo los hago y ahora soy el único que se encarga de ello, entonces de a poco he ido avanzando. Es bien entretenido».
¿También fabrica los suyos?
«No, porque son tres especialidades: el salto, que es la mía; las figuras, que es con una tablita chica, y el eslalon, que son las boyas. Esta fábrica hace exclusivamente para eslalon. Ojalá algún día fabriquemos esquíes de salto».
¿Cómo nació su amor por la naturaleza?
«Mis papas tenían una casa en la laguna de Aculeo, donde partí esquiando. Con mis hermanos siempre fuimos niños que pasábamos jugando afuera, nunca tuvimos una PlayStation ni esos juegos».
¿Usted además es vegano y hace yoga?
«Es más que nada reforzar mi conexión con todos los seres vivos de este planeta y con la naturaleza, por lo que llevamos un estilo de vida muy simple, respetando y coexistiendo con todos. Y es de la forma que educamos a nuestro hijo. Mi señora es instructora de yoga, así que todos los días me levanto a las cinco de la mañana a hacer yoga. Ella me ayuda mucho porque solo no es fácil».
En esta época tampoco puede esquiar.
«Sí, como el lago ha estado congelado en estos últimos meses me he enfocado en lo físico. Es bueno hacer una pausa, porque los demás competidores no paran nunca. El 90 por ciento de los esquiadores vive en Orlando, así que a nivel competitivo ellos no tienen invierno. Para mí forzarme a parar es bueno porque el cuerpo tiene un tiempo de recuperación y la cabeza se desconecta un poco».


