Los carabineros, que ahora hasta sacan partes a la gente que cruza mal la Alameda, repiten una conducta que ellos mismos probablemente sufrieron.
A los primeros negros que llegaron a Chile, los mapuches les raspaban la piel con corontas secas de maíz para que se les quitara el «maquillaje». No pocos esclavos murieron desollados y desangrados en esa operación.
Esclavos para los españoles, enemigos para los mapuches, a ellos les tocó la peor parte de nuestra colonia.
A los otros negros, que formaron el grueso del ejército de Chacabuco y Maipú, les agradecimos negando por siglos su presencia. Una negativa que, al mirar los rasgos faciales de muchos chilenos conspicuos (los negros Piñera, Romero, o los Illapu, que cantaban «El negro José»), resulta más que cómica.
Algunos siglos han pasado desde la conquista y la guerra de Arauco, aunque parece que entre esos curiosos intocables en que se han ido convirtiendo nuestros carabineros (que ayer mismo sacaban partes a peatones que cruzaban la Alameda), prevalece el instinto de rasparles la piel a los negros a ver si se les quita el maquillaje.
El racismo es un instinto y haberlo sufrido no basta para erradicarlo. Esos carabineros más bien morenos que seguro sufrieron en carne propia la discriminación y la vergüenza, se divierten ahora castigando a los que cometen el crimen de ser demasiado visibles.


