Manifestaciones de chicas indignadas son fenómeno mundial
Deslenguado policía canadiense despertó la ira femenina al justificar las violaciones y ataques sexuales contra las mujeres.
Michael Sanguinetti fue invitado en enero pasado a la escuela de leyes de la universidad de York, en Toronto. Apenas una docena de estudiantes concurrió a su charla sobre «cuidado y seguridad personal»: tal vez por eso el joven policía canadiense se sintió en confianza, quiso hacerse el chistoso y despachó un comentario que pasó directo al anuario de las peores metidas de pata.
«¿Saben?, es mejor dejarse de rodeos. Se supone que yo no debiese decir esto, pero creo que para evitar las violaciones las chicas deberían dejar de vestirse como putas», les aconsejó a las espantadas alumnas.
«No creo que haya querido ser sarcástico o socarrón, parecía que estaba tratando de ayudar», recuerda Joey Hoffmann, dirigente estudiantil que presenció el bochorno. Sanguinetti no previó que -como casi todo hoy en día- sus palabras estaban siendo grabadas; tampoco pudo anticipar que en ese momento nacía un fenómeno global que ha sacado a miles de chiquillas a las calles.
En los últimos años la universidad de York ha sido escenario de violentos ataques sexuales: nadie podía creer que una autoridad -aunque fuese un «pez chico»- pudiera pensar seriamente en censurar el vestuario femenino como medida de prevención. «Esta forma de pensar es intolerable en el siglo 21», denunció el periódico interno «Excalibur».
Los desafortunados juicios del policía se esparcieron como mancha de aceite a través de pasquines y redes sociales: primero por el campus, luego en otras universidades de Toronto y más tarde en cientos de casas de estudio de Canadá y EE.UU. Un dato puede contextualizar esta explosión de ira: de acuerdo a estadísticas gubernamentales, una de cada cuatro estudiantes norteamericanas ha sufrido agresiones sexuales -desde acoso verbal hasta violación pura y simple- dentro de los propios recintos educacionales.
«Slut»
Al disparar su teoría, Sanguinetti había usado la palabra «slut». En castellano este vocablo puede traducirse de decenas de formas -meretriz, barragana, golfa, zorra, guarra, ramera, prostituta- pero en el fondo es la manera más despectiva de referirse al oficio más antiguo del mundo. El movimiento que nació en Toronto se llamó»SlutWalk» (en buen chileno, «la marcha de las putas»): las convocantes originales hoy admiten que el crudo apelativo buscaba generar escándalo y llamar la atención.
Tras fermentar un par de meses, la primera gran actividad pública de las enojadas alumnas se llevó a cabo el 3 de abril. La idea era que las manifestantes desfilaran por la ciudad vestidas como callejeras: con petos, minifaldas, hot pants, ligas, medias caladas o rotas, zapatones de taco alto, exceso de maquillaje y clichés por el estilo.
La meta era protestar contra el extendido prejuicio de que en un delito terrible como la violación la víctima tiene parte de la culpa. Las organizadoras esperaban sumar a su convocatoria a unas cien entusiastas: llegaron tres mil (además de muchos varones disfrazados).
En sus pancartas se leían consignas cuyo tono se ha replicado en cada marcha: «¿Conoces a una prostituta? No la ataques», «Castiguen a los violadores, no a las víctimas», «Mi ropa no es una invitación a ser ultrajada», «Yo hago lo que quiero con mi cuerpo», «No significa no».
Lo inesperado es que la iniciativa ha tenido un éxito arrollador y mundial. En apenas un mes, las caminatas en Canadá y EE.UU. ya congregaban a miles de damas de todas las edades bajo el eslogan «Ninguna mujer merece ser violada». La prensa, por cierto, le dio al tema como bombo en fiesta: nada mejor para ganar audiencia que lolas en paños menores desfilando por las calles.
«Nuestra sociedad no juzga los delitos sexuales con la seriedad que debería. Yo fui violada: a mis espaldas, muchos comentaban que la culpa era mía, que algo malo debía haber hecho. El atuendo de una mujer no provoca una violación, el que la provoca es un degenerado. Es realmente inmoral culpar a las víctimas», declaraba Katt Schott-Mancini, una de las organizadoras.
No a las minifaldas
Como buen fenómeno de internet, este movimiento no tiene padres fundadores ni liderazgos globales. Basta que una activista lea sobre el asunto en Facebook o Twitter, enarbole sus banderas y organice una marcha. A la fecha, ya van más de 75 en distintos rincones del planeta; la prensa reporta manifestaciones en Francia, Holanda, Suecia, Turquía, Sudáfrica, India, Australia, Nueva Zelanda, Honduras y Brasil. En Buenos Aires se ha convocado una marcha para el 12 de julio; en Chile, que se sepa, la idea aún no prende.
Es en Gran Bretaña donde la cruzada ha adquirido tal vez mayor popularidad. Durante los últimos fines de semana, prácticamente cada ciudad importante ha tenido su propia marcha: nada de raro, considerando que en el 2010 los delitos sexuales denunciados a la policía -menos de una décima parte del total que se cometen- crecieron en un 6%.
«No podemos aceptar que se juzgue a las mujeres por su apariencia. Ello solo sirve para que las víctimas se avergüencen y no denuncien a sus agresores», acusa Becky Pert, una de las líderes de la marcha realizada el domingo pasado en Cardiff.
En México, la «Marcha de las putas» está planeada precisamente para hoy en las calles del Distrito Federal. El detonante, en este caso, fue la propuesta de un regidor de la ciudad de Navolato, quien busca prohibir el uso de minifaldas entre adolescentes para «prevenir los embarazos prematuros».
«Aunque no ejercemos el oficio de la prostitución, sí compartimos la idea de aprovechar este término despectivo para reivindicar el derecho a la seguridad sexual y a vivir libres de estereotipos. Tú me puedes llamar puta o como quieras, pero eso no te autoriza a abusar de mí», proclama Gabriela Amancaya, una de las organizadoras.
Algunas optimistas piensan que las «slutwalks» pueden compararse a las «quemas de sostenes» de fines de los años sesenta. «La rabia de las mujeres se toma las calles: un paso local produce olas globales que desatan debates, controversia y activismo», arenga Jessica Valenti, columnista del «Washington Post». Hoy la lucha feminista, advierte, sobrepasa al uso de anticonceptivos: las jóvenes exigen libertad para vestirse como quieran, beber cuanto deseen y acostarse con quien les dé la gana sin ser discriminadas ni miradas en menos.
La frase más idiota del año¿Y qué fue de Michael Sanguinetti, el simplón que detonó la bomba mundial del «slutwalking»? Tras la escandalera que generó su boca floja, el deslenguado policía fue amonestado en público por sus jefes; en sus horas libres debió asistir a un «reentrenamiento» donde aprendió asuntos tales como no discriminar por las apariencias y mantener la boca cerrada.
«Sus juicios son contrarios a todo lo que les enseñamos a nuestros agentes: ellos saben que nada de lo que haga una mujer puede ser interpretado como una incitación a la violencia sexual», recalcó Meaghan Gray, vocera de la policía de Toronto entrevistada por el diario local «The Star».
Consternado, Sanguinetti emitió luego una lastimera declaración pública. «No pensé antes de hablar. estoy muy avergonzado y jamás volveré a exhibir este tipo de conducta», prometió el triste funcionario. Hoy, al parecer, está de vuelta en las calles a bordo de su radiopatrullas.


