Hace dos años Celfin Capital trajo a Chile a Ennio Morricone junto a una orquesta romana para dos megaconciertos gratuitos en el Parque Bicentenario de Vitacura que golpearon fuerte en nuestro quehacer artístico. Se movió mucha prensa, se generó una gigantesca expectación -conseguir una entrada era casi lograr un ascenso de status- y, lo más importante, se tuvo como imponente figura a uno de los más grandes creadores de música de cine entregando lo suyo.
Manteniendo la temática, la misma empresa repitió ahora la fórmula (enorme despliegue periodístico, igual número de conciertos en el mismo lugar, nuevamente entradas gratuitas agotadas en horas, etc.), pero con una promesa diferente.
Esta vez no se contó con un máximo creador de partituras cinematográficas sino que se abrió un gran abanico con esa música, de diversos autores, interpretada en parte por Itzhak Perlman, gloria absoluta de la ejecución violinística más reciente, junto a una orquesta de mucho oficio en la materia, la Filarmónica de la Ciudad de Praga, dirigida por Nic Raine.
Una noche de frío intenso y un numeroso público de tibio entusiasmo recibieron el debut de esta nueva propuesta, muy abundante en su extensión de dos horas y media, con más de dos docenas de trozos.
No nos resulta fácil señalar a la primera quién acaparó ahora el más claro protagonismo, pues sentimos que no lo fue del todo Perlman, quien, pese a su arte genial a la amable actitud de anunciar sus interpretaciones, tuvo una fugaz participación en un bloque de sólo siete piezas muy líricas. Tampoco lo fue Raine, que la pantalla gigante sólo mostró en las pausas entre números.
Tal vez lo quiso ser el compositor John Williams, cuya producción, muy marcada por «La guerra de las galaxias», se tomó la segunda parte.
Ese escurridizo protagonismo, que quisimos asentar en la música misma, lo percibimos amenazado por la proyección en esa gran pantalla de una multiplicidad de imágenes de las películas de cada trozo abordado. Eso distrajo la audición y nos produjo la extraña sensación de que se estaban invirtiendo roles: música concebida para acompañar imágenes vino a recibirse superada por ellas.
Así, en muchos pasajes el sonido orquestal pareció sentirse de fondo y no de frente, no alcanzándonos a arrobar, al verse trabado en la mágica libertad y fluidez que requería su desarrollo.
Creemos entonces que la mayor estrella en el protagonismo de esta noche de películas fue la magnífica Orquesta Filarmónica de la Ciudad de Praga. Si muchas agrupaciones orquestales son célebres en repertorios específicos, ésta lo ha sido por más de medio siglo en su dedicación a la música para el cine.
Lo sabe hacer muy bien y aquí lo demostró de modo magistral en su tan larga actuación. El otro lúcido protagonista -qué duda cabe- fue Celfin Capital, empresa financiera, cuya opción por convocar gratuitamente a grandes masas en torno a la música fílmica la está haciendo sobradamente famosa. Es su otro capital.


