Una relación de pareja es una aventura y a veces una pesadilla que comienza cada mañana con una evaluación de lo conseguido por ambos en cuanto a estrechar lazos, mirarse a los ojos, dejarse espacios de libertad, amarse como gimnastas en celo, pagar el dividendo hipotecario.
En el perfil de Facebook se nos invita a desplegar unas opciones que apuntan al sexo, la edad, los gustos, las preferencias religiosas o políticas, y también hay una sección de relaciones. Ahí, en el apartado situación sentimental, uno puede decir si es soltero(a) o bien casado(a), si tiene una relación, o si se trata de una relación abierta, etcétera.
Lo más moderno de todo es, sin duda, lo de la relación. Nuestros abuelos o bisabuelos no conocieron esta peste contemporánea de las relaciones. Ellos se limitaban a casarse y a cumplir después, cada cual como podía, con su parte del contrato. Era, más que una relación, una situación. No existían los divorcios. Y tampoco la obligación romántica o capitalista de quererse mucho o de cultivar afinidades espirituales con la pareja. Las sillas del comedor se compraban para toda la vida, los muebles pesaban demasiado como para empezar a hacer traslados, y no existían ni los pisos pilotos, ni las escapadas de fin de semana, ni las terapias de pareja, ni las amigas que en corro se interrogan hoy mutuamente para diagnosticar el estado (satisfactorio, incierto, penoso, catastrófico, en fin) de las respectivas relaciones de cada una.
Una relación es una aventura y a veces una pesadilla que comienza cada mañana con una evaluación de lo conseguido por la pareja en cuanto a estrechar lazos, compartir, mirarse a los ojos, dejarse espacios de libertad, amarse como gimnastas en celo, establecer lazos profundos con suegros y suegras, tener muchos amigos, criar equilibradamente a los hijos, pagar el dividendo hipotecario con una sonrisa y cultivar hobbies apasionantes. En cuanto a los no casados, la tabla de puntajes se robustece a través de indicadores tales como el interés del uno por el otro, la consecución eficiente de las metas personales y promesas, la relación (otra vez) con los cuñados, la entrega erótica de orgasmo simultáneo, los fines de semana tipo tarjeta Village, la celebración de los aniversarios y cumpleaños y toda la mandanga.
La verdad es que las relaciones, como su nombre lo indica, son muy relativas, todas distintas y de trayectorias imprevisibles. La familia antigua, para toda la vida, tenía la ventaja de separar drásticamente los temas económicos e institucionales de los afectivos o eróticos. La casa se constituía como una sociedad indivisible, por mucho que los cónyuges se odiasen o vivieran en habitaciones separadas, y eso daba estabilidad. Hoy es preciso indagar cada mañana en la sonrisa o en la pupila del ser que duerme en la misma cama para calcular qué futuro le queda al living compartido o a la juguera familiar.
Estamos atrapados hoy en las relaciones. Si escapamos de una, no nos dejarán en paz hasta que logremos exhibir otra. Y, observándonos, nos dirán si se trata de una rica relación, de una relación deteriorada o de otra relación absurda


