La gran duda mundialera
Ya viene. Falta poco. Dentro de doce días parte el Mundial de Sudáfrica. El planeta deja de girar y las mujeres pasan al olvido. Sin embargo, aún cabe una duda. Una interrogante que quiebra cabezas y desmantela materias grises. La duda existencial es saber cuál es el origen de lo que ahora sobra: la palabra hincha.
Como toda historia futbolera tiene una mezcla de mito y realidad, y es defendida a muerte por sus promotores.
Se cuenta que todo partió con Prudencio Miguel Reyes. A comienzos del Siglo XX, Reyes era un afanado talabartero (aquel que efectúa el tratamiento del cuero) que se entregaba en cuerpo y alma a su oficio. Salvo, eso sí, los días en que dejaba todo botado y partía a apoyar al club de sus amores: Nacional de Montevideo.
Su función era la de hinchar los balones, vale decir inflarlos, y lo hacía con tal fanatismo, que mientras llenaba de aire las pelotas alentaba y gritaba a todo pulmón a la insignia de sus amores.
Como en aquellos tiempos flemáticos no se veía tal pasión, desde la grada comentaban: «Cómo grita, mira cómo grita el hincha de Nacional», decían, refiriéndose al utilero. Y así fue como poco a poco el término se fue aplicando a todo aquel que durante los encuentros alentaba fogosamente a sus favoritos. Hasta películas se le han dedicado al concepto (foto secundaria). La palabra cruzó el Río de la Plata, llegó a Argentina y luego al resto del mundo.
Así nació este vocablo que hasta el día de hoy, de una u otra manera, nos une. Fue una historia de pasión.


