Larga vida al Instituto Nacional

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El desafío del Instituto Nacional tiene ribetes casi épicos: mantener su sitial trabajando con alumnos de un nivel académico eventualmente inferior al actual.

Cristóbal Bellolio

El gobierno fue fiel al programa y embistió contra la selección escolar incluso respecto de los llamados liceos emblemáticos, donde destaca el Instituto Nacional. Aunque no totalmente: el buque insignia de la educación pública chilena podrá seleccionar hasta un 30% de sus alumnos. Los cupos del 70% restante se definirán por sorteo entre los postulantes. No sólo la derecha se ha opuesto vigorosamente a la medida, sino también los apoderados y estudiantes del Instituto Nacional, además de voces al interior de la propia Nueva Mayoría. ¿Es una buena idea seguir adelante con esta innovación?

Depende del punto de vista. El discurso oficialista es el siguiente: bajo el disfraz de estar premiando los mejores rendimientos, el mecanismo de selección favorece a quienes cuentan con recursos culturales superiores. Dichos recursos no obedecen necesariamente al mérito sino a la posición de origen. Por eso es injusto y debe ser eliminado en todo el sistema, o al menos donde haya platas públicas involucradas. En principio, no hay razón para excluir al Instituto Nacional. Por lo mismo la admisión de una pequeña cuota de selección resulta algo desconcertante, aunque el ministro Eyzaguirre la ha justificado en nombre del famoso «efecto par»: los alumnos seleccionados conformarán una elite académica que empujará al resto a mejorar.

Los detractores de la iniciativa sostienen que los liceos emblemáticos deben ser tratados en forma distinta. Gracias a su función de «caza talentos», estos establecimientos potencian las perspectivas de niños y niñas de hogares de ingresos modestos que abrochan su ingreso a las mejores universidades. Así, estos liceos de excelencia serían claves en producir un acotado pero eficaz fenómeno de movilidad social en corto plazo. Por cierto, también están los argumentos que apuntan a preservar la tradición del Instituto Nacional como depositario de la tierna aristocracia intelectual de la república, liderazgo que perdería si no se le permite seleccionar a los mejores.

Pero la suerte ya está prácticamente echada. El desafío del Instituto Nacional tiene ribetes casi épicos: mantener su sitial trabajando con alumnos de un nivel académico eventualmente inferior al actual. Quizás sea el momento de probar que en sus aulas sí hay valor agregado. A fin de cuentas, hay más razones para enorgullecerse cuando las circunstancias del liderazgo no están mediadas por la ventaja de la selección. Y si aquello no ocurre, el gobierno tendrá que hacerse cargo de una medida cuyas implicancias pueden ser nefastas en algunos sentidos pero que finalmente es coherente con los principios de justicia que inspiran la reforma educacional

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