Expertas advierten sobre el reclutamiento de menores de edad en bandas criminales
Viviana Soto trabaja con adolescentes privados libertad y sostiene que crecen en contextos marcados por carencias.
Viviana Soto entra regularmente a centros de privación de libertad para trabajar con adolescentes en contextos de encierro. Ahí, dice, escucha siempre la misma historia: jóvenes que llegaron a cometer delitos graves sin haber tenido jamás quién les enseñara a ponerse en el lugar del otro. Desde esa experiencia analiza la muerte de un niño de 12 años en San Bernardo, arrastrado tras una encerrona cometida por una banda de menores de edad (ver página 4).
Para la académica de Educación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y socia fundadora de la Red Pedagogía en Cárcel y Exclusión Social (Redpece), la respuesta a por qué cada vez hay más adolescentes en delitos de extrema violencia no está en los jóvenes, sino en lo que la sociedad les ha dejado de ofrecer.
Desconexión
«Hay una desconexión entre las necesidades de niños y jóvenes y lo que la sociedad les está ofreciendo. Los hemos dejado solos. Las nuevas formas de vida y el peso que han adquirido el consumo y las redes sociales han influido. Los jóvenes aparecen como nichos de consumo, de tecnología, de moda, pero no se les está considerando desde una perspectiva más humanizadora, lo que profundiza una desvinculación afectiva», sostiene.
La académica asegura que muchos adolescentes terminan buscando identidad y reconocimiento en lugares equivocados. «Son jóvenes que no sienten que tienen un potencial. Hay una desesperanza que está corporalizada, que está arraigada en los jóvenes, y las bandas criminales operan en base a eso. Reclutan a los jóvenes desde la esperanza. Les dicen que son líderes, que son valientes, que pueden tener un estatus. Los jóvenes sienten que ahí sí tienen una oportunidad y ese potencial lo hacen a través de actos de violencia para posicionarse».
Siempre igual
Soto trabaja directamente con jóvenes privados de libertad y asegura que el patrón se repite: «Todos vienen de contextos de pobreza, todos. Y la pobreza trae abandono, carencias y circuitos de violencia. Entonces uno se pregunta por qué no lo pensó antes, pero muchas veces nunca nadie los ayudó a pensar», afirma.
Agrega que en esos entornos, la falta de educación en valores y de vínculos afectivos tempranos erosiona la empatía. «No la desarrollan, y eso se educa desde los primeros años de vida. Cuando ese aprendizaje no ocurre, los menores actúan bajo el efecto de la adrenalina, el miedo o la rabia, y solo después, cuando ya pasó, logran tomar conciencia del daño causado», explica.
Soto aclara que comprender esas trayectorias no significa justificar los delitos. «No es que la pobreza haga delincuentes, pero sí genera contextos donde se acumulan carencias, violencia y desesperanza», afirma.
El arrastre
Recuerda el caso de jóvenes que en su infancia robaban en grupo a adultos mayores: «Habían unos que se atrevían, entonces ya todos le robaban a los abuelitos», aunque algunos, dice, sentían pena y no querían participar. Es ese arrastre grupal, sostiene, el que termina por apagar la empatía individual.
Por eso evita la lectura de «indolencia pura» de los jóvenes frente al hecho delictual. «Esto cruza factores como el consumo de drogas y los altos niveles de adrenalina del momento del delito. Más que estar frente a adolescentes más violentos, estamos frente a contextos más violentos en los que están creciendo estos adolescentes.» Y agrega: «El Estado, en sus políticas públicas, los ha abandonado.»
Soto también cuestiona las voces que hoy piden tratar a estos menores como adultos y endurecer las condenas. «Las penas más duras no aseguran una corrección futura. Si sólo encerramos, tendremos jóvenes más desesperanzados y con menos herramientas, como el desarrollo de la empatía, para vivir en sociedad», sostiene, y recuerda que Chile ni siquiera garantiza continuidad de estudios a los jóvenes privados de libertad, a diferencia de otros países con programas específicos.
A su juicio, el país está debilitando precisamente los espacios que pueden ofrecer alternativas. «Se han ido cerrando centros culturales, talleres y programas educativos. Todo suma y aquí estamos restando oportunidades. Los contextos de pobreza los estamos dejando en el más absoluto abandono», advierte.
Su conclusión sobre el caso de este martes es categórica: «Que niños estén delinquiendo y estén cada vez cometiendo delitos de máxima violencia es un fracaso que tenemos como sociedad».
Reinserción
María José del Solar, coordinadora de Investigación del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana (CESC) de la Universidad de Chile, coincide en que la violencia juvenil requiere una mirada compleja. La criminóloga recuerda que no todos los adolescentes que delinquen persistirán en esas conductas.
«Una parte importante de quienes cometen delitos durante la adolescencia desiste de esa actividad a medida que crece y sólo un grupo minoritario mantiene trayectorias criminales», explica.
Por eso destaca la importancia del nuevo Servicio Nacional de Reinserción Social Juvenil y de las medidas de justicia restaurativa, cuyo objetivo es evitar la reincidencia. Del Solar agrega que la literatura internacional ha advertido sobre un fenómeno que preocupa cada vez más: el reclutamiento de niños y adolescentes por parte de organizaciones criminales. «Hay un abuso de situaciones de vulnerabilidad y ahí el Estado puede cumplir un rol preventivo mediante la atención temprana y la protección de derechos», señala.


