Las cartas explosivas

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Nos enteramos, por la cadena CNN, de que el blanco de las acciones terroristas del islamismo radical, felizmente desbaratadas el pasado viernes, sería una sinagoga dedicada a servir a la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros judíos (LGBT) de Chicago, ya que aquel sería el destino postal de los dos paquetes con explosivos interceptados por Estados Unidos. Los terribles paquetes habrían sido localizados en aviones cargueros antes de llegar a suelo norteamericano. El primero a bordo de un avión de UPS, en el aeropuerto de East Midlands, en el Reino Unido, y el segundo, algo después, en Dubai, capital de los Emiratos Árabes Unidos.

Sorprenderá sobremanera a algunos el objetivo de estos actos criminales, ya que muchos desconocemos la existencia de este tipo de comunidades liberales, tan alejadas por cierto de los criterios discriminatorios que imperan en las demás religiones originadas en Abraham. «¿Si nosotros los judíos, que siempre hemos sido víctimas por el hecho de ser diferentes, no logramos aceptar, quien entonces en nombre de Dios lo hará?», reflexionaba en 1985 el Rabino Charles Lippman. De modo que sí existen dentro de esa fe dichos espacios de mayor tolerancia y aceptación que en otros credos predominantes en Occidente.

Ahora, para los que legítimamente creen olfatear tras estas noticias un cierto tufillo a montaje y a acción de bandera falsa, ¿qué podría ser más adecuado que apuntar a los sectores más «progresistas» y hacerles sentir por primera vez realmente bajo amenaza? Es claro que los grupos conservadores están ciento por ciento ganados y que adhieren sin reservas a la inmensa maquinaria antiterrorista desplegada por Estados Unidos y a la invasión anglosajona a Afganistán e Irak. Sería rizar el rizo mandar un paquete bomba a comunidades ortodoxas con cuyo apoyo ya se cuenta. Es, sin duda, a los márgenes, a los linderos políticamente más tibios e ideológicamente más vulnerables por el pacifismo donde habría que apuntar estos siniestros «obsequios» si se busca hacer un negocio realmente rentable.

De ser así, estaría muy bien pensado. De no serlo, y de encontrarnos efectivamente ante una acción planificada desde Yemen por islamistas intransigentes, su miopía política se encontraría rayana a la más supina estupidez. Volar a gays y lesbianas y travestidos que asisten al culto no haría más que consolidar al abanico completo de la sociedad, hasta el extremo del arco, a favor de cualquier acción punitiva que venga como contragolpe. No nos inclinamos ni por una ni por otra opción, limitándonos a poner los testarudos hechos en la balanza. Hoy, justo cuando 400 mil archivos secretos del Departamento de Defensa de Estados Unidos, difundidos por el portal WikiLeaks, revelan actos de extrema brutalidad, tortura y asesinatos de civiles, incluyendo mujeres y niños por parte de las tropas americanas en Irak, sólo cabe preguntarse, como en las viejas películas de detectives: ¿a quién beneficia esto?

¿Qué podría ser más adecuado para el terrorismo que apuntar a los sectores más «progresistas» y hacerles sentir por primera vez realmente bajo amenaza?

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