Es cierto que el momento del escándalo no ayudó, pero haber manipulado la verdad tampoco.
En su comparecencia ante la comisión investigadora, Carolina Tohá confesó tres verdades. La primera es que se tergiversó la realidad: el gobierno supo antes y más sobre los hechos de fondo en el caso Monsalve.
La segunda es que no se actuó con diligencia: el gobierno demoró deliberadamente la remoción del subsecretario de su cargo. Y la tercera es que se improvisó: el gobierno no estaba preparado, no supo qué hacer y, al verse atrapado, se vio obligado a defenderse, aunque fuera de la forma más burda posible.
Son tres verdades duras e incómodas, pero necesarias, ya que no haberlas admitido explícitamente desde el principio le ha traído sendos costos al gobierno. Por lo pronto, el error se hizo evidente en los resultados de las elecciones municipales que, salvo algunas victorias simbólicas, en lo global favorecieron a la oposición.
Es cierto que el momento del escándalo no ayudó, pero haber manipulado la verdad tampoco.
Es especialmente relevante que la revelación la haya hecho la propia ministra del Interior, exjefa directa de Monsalve, quien no solo ha cargado con la principal culpa desde el inicio del episodio, sino que también ha sido la principal afectada políticamente.
Con esto, se hace justicia, al menos transitoriamente. Haber admitido la verdad la ayudará, de alguna forma, pues, después de todo, es solo a partir de la confesión que la redención es posible.
La pregunta que queda en el aire es, ¿quién paga por los pecados cometidos? Es posible que algunos no hayan sabido toda la verdad, pero es imposible que nadie la haya sabido.
Alguien diseñó la estrategia de tergiversar la realidad, alguien pensó que sería mejor dilatar la verdad y alguien postergó la remoción del subsecretario. Con estas tres verdades reveladas, el próximo paso no puede ser otro que actuar con firmeza para determinar responsabilidades.
La credibilidad del gobierno depende de ello.


