La artista Leonora Vicuña publica Ronda, con algunas de sus mejores fotografías de lugares como La Unión Chica
Quedé como la fotógrafa de la bohemia, lo que a mí me da mucha risa, porque en realidad todos vivíamos así en esa época, dice.
Hace tiempo que Leonora Vicuña se despidió de los antiguos bares santiaguinos y de sus eternos parroquianos. Pero las fotos que tomó en esos lugares, entre fines de los años 70 y comienzos de los 80, son cada vez más apreciadas, tanto por los amantes del arte como por los infatigables buscadores de un Santiago que ya no existe.
Una selección de esas fotos contiene el libro «Ronda», publicado por Ediciones La Visita (https://n9.cl/wuhpov), que este martes será presentado a las 18:00 horas en el Palacio Pereira, en el centro de Santiago. El volumen contiene 25 fotos, entre ellas, sus famosas tomas hechas en bares antiguos, complementadas por otras en las que se ven estampas de la noche santiaguina y por una que otra panorámica de la ciudad en momentos de demoliciones y transformaciones.
La autora nacida en 1952, quedó inscrita entre las grandes creadoras visuales chilenas gracias a las imágenes que captó en recintos como La Unión Chica, en pleno centro de la capital, y el café-bar Los Angelitos, en Ñuñoa. Eran veladas de poesía y alcohol, casi siempre lideradas por el Jorge Teillier, y que se experimentaban en pleno día, en locales donde siempre era de noche.
«Quedé como la fotógrafa de la bohemia, lo que a mí me da mucha risa, porque en realidad todos vivíamos así en esa época. En esos años oscuros de la dictadura, todos los que estábamos en la cosa creativa vivíamos en una censura constante, y en una autocensura bastante poderosa, así que estábamos acorralados. Los bares antiguos, entonces, eran nuestros lugares de cita, de reconocimiento y amistad», recuerda la artista, quien hacia 1981 también participó en la fundación de la legendaria Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI).
Radicada desde 2001 en las cercanías de Carahue, en la Región de la Araucanía, en una zona donde, según bromea ella, «no llega el hombre blanco», la fotógrafa -que trabaja allá como directora del Espacio Puerto Peral, una escuela abierta de arte y cultura- ha tenido que revisitar sus fotografías de bares a propósito del libro «Ronda», publicado ahora por La Visita.
«Este libro es chiquitito, como una joyita, y está concebido como una vuelta, o una ronda, que define un tipo de imagen que nos lleva hacia un país muy distinto del que tenemos hoy. Ese tipo de bares que yo fotografié, en los que nos reuníamos durante la dictadura, ya no existe; los bares tal como los concebíamos, como los que pintaba Edward Hopper, se acabaron. Ahora hay otro tipo de bares, de fuentes de soda, con otro tipo de melodías, y con otros colores, también, porque en el mundo aparecieron las luces led y ahí todo cambió», reflexiona Vicuña.
La aparición del libro coincide con una gran exposición dedicada a la trayectoria de Vicuña, que se puede ver en Buenos Aires, en la Fundación Larivière. Se trata de una colección de 65 imágenes, de pequeño y gran formato, y que da cuenta de la relevancia internacional de esta artista cuyo estilo está marcado no sólo por sus aciertos fotográficos, sino, también, por las intervenciones cromáticas que realizó, utilizando lápices de colores, para realzar determinados aspectos de sus composiciones. De esa manera, muchos de los rostros de sus personajes aparecen bañados en un blanco brillante y fantasmal, mientras que sus sombras están sumergidas en un negro intenso.
«Comencé a aplicar lápices de colores, sobre mis fotos, porque al principio no me resultaban las tomas. Una vez usé lápiz negro para resaltar un sector que era gris, y luego descubrí que al aplicar lápices de colores, para resaltar un muro o una prenda de ropa, el resultado era maravilloso. Y también lo hice así porque yo tenía una rebeldía contra la fotografía clásica, y no quería que las mías fueran tan perfectas», explica Vicuña.
-¿Por qué este tipo de bares eran un lugar de encuentro en los años ochentas?
-Los artistas y escritores nos juntábamos naturalmente en los bares, en los antros, pero los que éramos opositores, los que no celebrábamos la dictadura, debíamos juntarnos en esos lugares que tenían una cierta neutralidad, y en los que se podía pasar piola. Hay de todo en un bar, todo tipo de gente, de parroquianos. También había que cuidar nuestras casas, así que nos juntábamos en lugares que no eran nuestros, pero que los hacíamos propios.
-¿Volverías a sacar fotos en los lugares donde se hace la vida nocturna del siglo 21?
-La verdad es que no, porque en los años 80 yo no fui a esos bares a reportear. Yo vivía en esos lugares, en ellos tuve vivencias profundas y compartí con amigos que eran profundamente amigos. Paz Errázuriz, por ejemplo, me invitó a ir a La Palmera, donde hice esas famosas fotos de los travestis. Son lugares que tuvieron una gran importancia, fueron vitales para todos nosotros, los que éramos artistas, escritores, poetas. El mundo cambió desde entonces, y hoy no me interesaría seguir en ese cuento. Habría que encontrar otra hebra, otro hilo de Ariadna para llegar de otra manera al laberinto.


