Colecciona trenes eléctricos y es presidente de la Sociedad Filatélica de Chile
El estilista dedica entre dos y tres horas diarias a estos pasatiempos. Te metes un rato en tu cuento y eso es un cable a tierra, asegura.
«Yo colecciono de todo», reconoce el estilista Sebastián Ferrer y pasa a detallar: «Tengo cosas de peluquería antigua, voy al persa cada 15 días a ver si encuentro cachureos, tengo autitos, aviones, una flauta traversa, un piano, un saxo que lo hago sonar como circo pobre y guitarras bonitas que no sé tocar. Me gusta tener lo que me de la gana. Yo digo que tengo Diógenes, pero ordenado», asegura, pero dentro de todas las cosas que junta, hay dos que hoy llevan la delantera: estampillas, que empezó a coleccionar hace 15 años, y trenes eléctricos, cuya pasión retomó hace pocos meses. «Cada día gasto entre dos y tres horas diarias en mis hobbies», confiesa.
A la filatelia, Sebastián llegó de pura casualidad. «Fue un accidente. Estaba buscando la marca de mi auto y escribí (en Google) stamps (estampillas) en lugar de decal (calcomanía). Me aparecieron las estampillas y me vino una cosa nostálgica de niño. Me acordé de cuando mi mamá me llevaba al correo para que pusiera la lengua y ahí empecé». «Busqué tiendas que vendían y empecé a comprar sobres con 50 sellos de Bélgica, con 100 sellos de otro lado. Después llegué a la Sociedad Filatélica de Chile y ahí la cosa es más en serio», detalla.
Usted debe ser de los jóvenes de ese grupo.
«En general es gente mayor. El 70 por ciento tiene más de 60 años y el 30 por ciento de 55 para abajo hasta los 11 años».
¿Actualmente es el presidente de la Sociedad?
«Sí, soy presidente. He ido fuera del país a exposiciones y estoy encargado de difundir la filatelia, por lo que hago charlas. Somos casi 300 socios, 190 de Chile y 110 del extranjero».
¿Cuántos sellos tiene?
«Debo tener. no sé. un millón y medio de sellos. Tengo un estante de 2,10 metros de alto lleno. En la filatelia, el 99 por ciento es muy barato y el 1 por ciento es muy caro. Puedes coleccionar sellos baratos, pero hay caros, muy caros y carísimos. El más caro del mundo cuesta 16 millones de dólares. El primer sello del mundo vale como 500 dólares, en buenas condiciones, porque hay hartos. Yo tengo unos 10 de esos».
¿Y el más caro de Chile?
«Es un error de un sello de un centavo de la serie independencia, que el centro fue impreso al revés, invertido. El primero se vendió en casi 30 millones de pesos. Después se encontró otro y costó 13 millones y si se encuentra un tercero va a bajar más, porque ya no es único. Una colección entera de sellos de Chile debería costar entre 8 y 10 millones de pesos, son como 2.800 sellos. De esos, 2000 cuestan como 500 mil pesos y los otros son los caros».
¿Cuándo aparecen los trenes eléctricos?
«Los primeros trenes vienen de mi abuelo y de mi papá. Estuvieron guardados hasta que hace unos meses dije: Hay que armarlos y me volví loco con la tontera, pero hay que tener una paciencia importante, porque uno hace lentamente una maqueta que se transforma en una ciudad».
¿Cuántos se compra al mes?
«Hay un presupuesto y no es poco, pero uno se tienta y compra más cosas. Tengo un monto y me lo gasto entero, ningún mes me sobra. Compro, al menos, una o dos maquinas. Tengo Märklin (marca alemana), Bachmann, que son gringos, y tengo Lionel, que son antiguos, como del año 40. Yo tengo de esas tres marcas. Tengo un espacio para mí (en la casa), la pieza del niño, jajajá, y mi señora me deja».
Hacer las maquetas es harto trabajo.
«Uno va aprendiendo de la gente que sabe más. Yo hice un cerro pero no es el que yo quiero, aún no me sale y ahí la gente del Club Märklin Chile te ayuda. Hay mucha camaradería.
¿Qué es este hobby de los trenes para usted?
«Es una terapia, igual que las estampillas. Yo trabajo todo el día como loco, atendiendo gente, en la peluquería (@thebosshairclub), en la escuela (@sebastianferrerescuela), estás todo el día en tensión para que todo salga bien, como en un restaurante, entonces llegas a la casa y lo único que quieres es no escuchar a nadie, que nadie te diga nada, te metes un rato en tu cuento y eso es un cable a tierra. En ocasiones uno viene enojado de la pega: bueno, esto es una terapia».


