Mañas y viajes

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Título/Pie de foto: Roberto Merino


Roberto Merino

Hace unos días, en una conversación circunstancial, contaron el caso de un chileno residente en París que lleva cuarenta años anunciando su vuelta a Santiago. No ha regresado, según sus amigos, porque «le da lata hacer la maleta». Me dio risa escuchar esta brutalidad, pero creí entender los motivos del tipo «anclao en París». Estos consisten simplemente en que con la edad la energía escasea y el tiempo pasa muy rápido. Quizás al refractario individuo se le fueron dos de las cuatro décadas en un soplo, mientras trataba de visualizar su propia situación en el mundo.

Recordé en ese momento otra conversación que había tenido hacía muy poco: mi hijo mayor me había estado hablando con entusiasmo de Nueva York, aleonándome a viajar a esa ciudad en el entendido de que me gustaría mucho. Pensé un instante y luego le dije que sí, que me encantaría ir a Nueva York siempre que pudiera en la noche volver dormir a mi casa. Me pareció que con esa respuesta había logrado dilucidar un asunto importante en la esfera personal: el horror primitivo de que la noche nos pille lejos de la covacha.

Mi hijo me comentó algo más: que cuando ha estado en ciudades extranjeras le ha causado desolación momentánea vislumbrar, a través de las ventanas de los edificios, escenas de la vida cotidiana ajena. Sé por qué: porque en tales circunstancias se produce un abismo, una sensación de no pertenencia drásticamente experimentada.

Estuve en Buenos Aires la última vez hace dos años. Es una ciudad que me ha cautivado desde antes de conocerla. Una ciudad en la que pienso a menudo y con la cual sueño de vez en cuando. Pero en esa ocasión, al avanzar en el taxi a la hora peak, la hora del crepúsculo, por la congestionada avenida que uno toma para salir de Ezeiza, me vinieron unas ganas imperiosas de volver sobre mis pasos. Si me hubieran ofrecido un vuelo de vuelta a Chile hubiera aceptado con alegría. Íbamos cruzando Avellaneda, si no recuerdo mal, cuando mi ser anímico fue invadido por la certeza de no tener nada que ver con esas imágenes por lo demás tan reconocibles: sol rasante de tintes oxidados, miles de autos atochados con ansiedad, con gente que pecha por regresar cada uno a su casa tras una jornada de fragor oficinesco.

Me parece que es bueno aceptar las mañas que tenemos profundamente enraizadas. Pero aceptando también que se trata de materia flexible. Las mañas son, en este sentido, una referencia para vivir pero no un mandato. Como las fobias, nuestras neuróticas aversiones tienen cierto umbral, más allá del cual se desvanecen. Me pasó esa vez en Buenos Aires: como no había posibilidad real de girar en U y volver al aeropuerto, tuve que tragarme la angustia durante un lapso largo. Gradualmente la acuciante necesidad de volver al nido se fue achicando hasta desaparecer. Librado de ese estruendo mental pude por fin ingresar con felicidad por las arboladas calles amarillentas de la abstracta ciudad de mis afectos.

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