¿Qué clase de hincha necesita insultar a una jugadora que lleva años defendiendo su bandera?
Mary Valencia hizo un gol y de pronto algunos descubrieron que era extranjera. La noticia tiene la lógica torcida de los malos despejes: la pelota ya había cruzado la línea, el estadio ya había visto su jugada, la Roja Femenina ya había encontrado una figura, pero desde las redes llegó el VAR de la miseria a revisar su partida de nacimiento.
Valencia nació en Colombia, llegó a Chile a los 11 años con su madre y aprendió a pertenecer de la manera más difícil: por insistencia. Jugó en Wanderers, Santiago Morning, Colo-Colo, la Roja. Se nacionalizó, entrenó, esperó, convirtió. Antes del partido contra Uruguay acumulaba veintidós presencias por la Selección. Una cifra suficiente para cualquiera que mida la identidad en minutos jugados y no en purezas imaginarias.
La pregunta, entonces, no es por qué Mary Valencia juega por Chile. La pregunta es por qué algunos la rechazan ahora. Y la respuesta parece estar en el gol. Mientras una migrante corre, ayuda, obedece la coreografía colectiva y ocupa un margen decoroso en la foto, el racismo suele reservarse, como suplente resentido. Pero cuando esa jugadora cambia el partido y aparece destacada como rostro de la fecha FIFA, la molestia sale de la banca. Más que su origen, el problema es su protagonismo.
Chile ha sabido celebrar otras extranjerías con camiseta roja. Ben Brereton Díaz llegó desde Inglaterra como una fábula simpática: el muchacho del apellido materno, el castellano en construcción, el goleador importado que parecía salido de un casting de Netflix sobre la chilenidad extraviada. Hasta un tal Robbie Robinson alcanzó a entrenar, se sintió sobrepasado, regresó a Estados Unidos y quedó como rareza de archivo. Lawrence Vigouroux, londinense, hijo de padre chileno y madre jamaicana, también entró en el mapa reciente de una Selección masculina que busca parentescos hasta debajo de las piedras. En esos casos hubo memes, sospechas, chistes, ternura. Con Mary apareció otra cosa: la vieja aduana del color de piel, la mujer migrante convertida en intrusa justo cuando deja de pedir permiso.
No conviene fingir sorpresa. El fútbol chileno carga una libreta de antecedentes. En las eliminatorias rumbo a Rusia 2018, Chile acumuló once sanciones por cantos homofóbicos, discriminatorios o políticos y fue señalado como el país más castigado del proceso. En el camino a Qatar 2022, la propia Roja reconoció cinco castigos por cantos e insultos racistas.
Mary Valencia no tiene que rendir examen de chilenidad ante nadie. El fútbol, que suele ser una patria más sincera que los discursos, ya le tomó la prueba: una cancha, una camiseta, una pelota difícil, un partido trabado, un gol necesario. Aprobó ahí, donde se aprueba de verdad. Lo demás pertenece a ese Chile que confunde identidad con propiedad privada, como si la Roja fuera una parcela cercada y no una camiseta que también se honra llegando desde lejos.
Al final, el gol contra Uruguay no sólo resolvió un partido. También dejó una pregunta botando en el área chica de la conciencia nacional: ¿qué clase de hincha necesita insultar a una jugadora que lleva años defendiendo su bandera?


