El domingo fui a conocer junto a mi familia el Centro Cultural Gabriela Mistral, el que se estaba inaugurando con una serie de actividades y espectáculos. Volantines, tonadas, payadores, cuecas, chinchineros, cuchuflíes, fotógrafos de cajón: uno saltaba de un estímulo a otro sin tiempo para recuperarse de cada pantallazo de chilenidad presunta. Para esos efectos, naturalmente, el colador del folclor, las tradiciones o el patrimonio es tan grande como se quiera y hasta el algodón de azúcar puede ser considerado un producto cultural nacional. Nadie sabe a ciencia cierta dónde termina la nostalgia y dónde comienza la originalidad popular.A muchos les cuesta entender que la cultura popular no es, ni podría serlo, un producto autónomo y autosuficiente. El folclor de la Tirana es el mejor ejemplo de la mezcolanza total, en que lo chileno es muy difícil de rastrear bajo ese colorido de indios norteamericanos, dragones asiáticos y morenos altiplánicos, los que sin embargo logran articularse como una expresión genuinamente nacional. La propia cueca, mirada en sus variantes más vivas y menos esquematizadas, se ha ido modificando con ingredientes que van desde la cumbia y la guaracha hasta el tango y las rancheras.Por eso es complicado definir qué es la música nacional, porque al parecer nuestra cultura, para formarse, no ha exigido pasaportes. Lucho Gatica hizo música tropical, indistinguible genéricamente de la que hicieron el argentino Leo Marini o el boliviano Raúl Shaw Moreno. En otro sentido, Carlos Gardel y Leonardo Favio son argentinos, pero su música está alojada en nuestro tuétano. Pese a lo que digan los comisarios en las inútiles aduanas culturales, la cultura chilena está hecha tanto de Violeta Parra y René Inostroza como de Javier Solís y Jorge Negrete.
Hace unos días hubo una discusión sobre una ley que obligaría a las radios a incluir música chilena en un 20 por ciento de su programación. La idea de apoyar a los músicos nacionales puede ser muy bien intencionada, pero hacerlo de ese modo, traspasando a las radios y los auditores una función probable del Estado, es una imposición abusiva. El fomento de los creadores no puede lastimar la libertad de los auditores: es como si a los lectores los obligaran en las librerías a comprar, de cada cinco, un libro de autor chileno.
En el fondo hay una confusión nacionalista en la que pagan justos por pecadores. Si es chileno, es bueno. Ahora mismo me sorprende la cantidad de gente que idolatra a Violeta Parra, por ejemplo. A juzgar por esas muchedumbres violetistas, uno podría creer que vive en un país revolucionario, en el que los poderosos no dañan a los débiles ni los políticos mienten a los inocentes. Es increíble que todo el mundo admire a Violeta Parra, aunque mire para el lado y se haga el sueco cuando le mencionan las miserias de Arauco, las culpas de la Iglesia, los abusos patronales, la sangre mal derramada. Todos los chilenos son violetistas, pero apenas les cantan a la chillaneja se dan vuelta la chaqueta y se vuelven poco menos que cosmopolitas.