Mijita rica es una expresión extraña. Está, por cierto, saturada de deseo, pero hay en ella una infantilización de la mujer, incluso se podría decir que esconde una tendencia incestuosa.
Uno nunca sabe cuando las expresiones comunes pierden su naturalidad y pasan a ser objetos de museo. Generalmente tendemos a quedarnos con los neologismos que se usaron en el período en que nos asomábamos de la niñez a la adolescencia. Nos cuesta incorporar los términos recientes: podemos entender vagamente su intención pero no el contexto en el cual aplicarlos. Han pasado varios años antes de que yo pudiera emplear el «bacán » y el «seco», tan recurrente en los niños. Por supuesto, considero que los usos actuales de esas palabras están fuera de mi jurisdicción. «Seco» sigue siendo para mí una persona pesada, monosilábica, y «bacán» una especie de amante protector argentino, como en el tango «Mano a mano»: «Que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos».
Otra palabra del mismo caso es «rancio». A veces, ante una opinión que he expresado ante gente demasiado joven, he escuchado el comentario «¡qué rancio!», sin alcanzar a entender si se trata de un aplauso o de una recusación. Para mí rancio es el estado de los alimentos viejos y, si me apuran, un individuo conservador y arcaico, en atención al gracioso cliché»de la más rancia aristocracia».
Ignoro por lo tanto si el popular «mijita rica» ha entrado hoy en desuso. No creo haberlo escuchado últimamente murmurado en la calle al paso de una mujer bonita, lo que sí sucedía a cada rato hará unos treinta años. Desde los andamios de las construcciones se proyectaba hacia la calle como un grito sofocado de hambre. No tenía nada que ver con el piropo elaborado y supuestamente ingenioso que se les celebra a los obreros, sino con una cuestión más primigenia y urgente. El que gritaba mijita rica no estaba para decoraciones verbales.
Yo me sorprendo a mí mismo mascullando esta frase cuando dan en las noticias esos paneos por las playas que terminan en acercamientos a los potos de los teams veraniegos, o cuando despierto de un sueño perturbador, de esos clasificados como «eróticos». De cualquier forma es una expresión extraña. Está, por cierto, saturada de deseo, pero hay en ella una infantilización de la mujer, incluso se podría decir que esconde una tendencia incestuosa. «Mijita», evidentemente, es «mi hijita». O sea, la concupiscencia frustrada nos haría convertir a una adulta exuberante -que se las sabe por libros y a la que no le cuentan cuentos- en una niñita a la que debemos cuidar, mimar, educar. Es a esa pequeña casi desvalida a la que le aplicamos el estruendoso mote de «rica», es decir, comestible en el sentido sexual.
Se me ocurre que el fenómeno inverso radica en otra frase instrumental de la libido, «mamacita linda», que también era muy común hace unas décadas. A mí siempre me pareció una ordinariez, así es que estoy libre de sus implicancias. Pero es igual de rara que la otra. En este caso el tipo que la enuncia identificaría el apetito carnal con su propia madre. Qué problema.


