Roberto López necesitaba revisar su cuenta rut en el banco
En medio de las 250 personas que esperaban noticias de sus familiares y amigos, estaba uno que se libró de la tragedia.
Alrededor de una gran fogata atizada por carabineros y que paliaba en parte las bajísimas temperaturas del desierto, pasaron la noche más de 250 familiares y amigos de los mineros atrapados. Un sitio eriazo ubicado a escasos metros de la mina, pero desde donde no se podían ver los trabajos de rescate, se transformó en pocas horas en un improvisado campamento donde había un gran comedor, un dormitorio comunitario y muchísimos autos estacionados.
En el grupo estaba Roberto López Bordones, un minero de 56 años que en la tarde había llegado hasta el retén de Tierra Amarilla, en Copiapó, dando gracias por estar vivo. Su nombre había aparecido en la lista de los 34 mineros atrapados en el derrumbe de la mina San José y cuando lo vieron la cifra bajó a 33.
«El miércoles terminé el turno a las 20 horas y cuando me iba yendo el jefe me pidió a mí y a dos compañeros que trabajáramos el jueves y viernes, pero yo no pude porque tenía que hacer un trámite con la cuenta rut, en el banco. Así que no fui y estoy vivo», cuenta López, esbozando una sonrisa.
«Cuando uno entra nunca sabe si va a salir y cómo va a salir. Los mineros sabemos sobrevivir con bajas temperaturas, sin agua, pero si las chimeneas de ventilación están cortadas, no hay por dónde, olvídese».
-¿El refugio puede ayudar?
-Por un tiempo, pero tengo entendido que el derrumbe fue a las 14:15. Los mineros salen de la mina a almorzar a las 13:30. Un camión nos pasa recogiendo al interior de la rampa y se demora unos 30, 35 minutos en salir. Si el derrumbe los pilló en el camino, no hay muchas esperanzas.
Inelia Villagra, de 61 años, y Ercilla Muñoz, de 67, se toman de las manos y comparten una manta para capear la helada. Ambas se dan ánimo mientras esperan tener noticias de sus hijos Pablo Rojas y Esteban Roja, que son primos entre sí. «Mi marido murió la semana pasada de un paro cardiaco. No podría soportar perder a mi hijo», dice Inelia.
Maritza, de 23 años, esperaba saber de su papá, Víctor Segovia. El hombre, minero hace ocho años, en la semana había juntado por primera vez a toda su familia para compartir un curanto. «Las hermanas le preguntaban si acaso se iba a morir que estaba haciendo algo así», contaba la joven.
La búsqueda de Álex Vega, de 31 años, también era angustiosa. Su padre y sus dos hermanos, todos expertos mineros, se internaron ayer a la mina para unirse a las tareas de rescate.


