Muchas razones para celebrar

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Primera vez que no hablo de televisión en esta columna. Se siente bien.

Hoy no hablaré de televisión, aunque me pagan por eso. Hablaré de algo que Lennon definió alguna vez como «eso que pasa ante tus narices mientras tú estás preocupado de otras cosas». De la vida, pues.

Supe lo de María Luisa Godoy y de inmediato me dio por invitarla a celebrar. Por de pronto, su amistad con Eduardo Fuentes. A veces estas situaciones de salud hay que ponderarlas por la manera impresionante en que sirven para discernir quiénes son tus amigos y quiénes no. Si Fuentes le hubiera comentado a su señora que «María Luisa no vendrá por un tiempo a la casa con su marido porque tiene un drama. No le quise preguntar más» habría estado impecable. Impecablemente neutro. Impecablemente indiferente. Pero Fuentes se está comportando a la altura de las circunstancias. Y le pregunta y la contiene y la hace reír y la hace olvidar por un ratito y sobre todo recordar. ¿Qué? Que hay presente. Que hay esperanza. Que hay futuro. Todas esas maravillas que siguen estando y que uno no las vería si lo dejan solo o sola.

¿Qué más celebrar? La oportunidad. De luchar, de rezar, de ser una soldada disciplinada en el ejército del optimismo y de la fe. No es lo mismo someterse a un tratamiento pensando y sintiendo que será en vano que hacerlo sabiendo que resultará. Adivine en cuál de los dos escenarios sale todo bien más veces.

Celebrar, además, el carácter de María Luisa. Nunca vi antes en la Quinta Vergara a una animadora retar con tanto cariño al monstruo. Verla en eso era ver a una madre llamando a terreno a sus críos con la certeza de que todo lo hace por el bien de ellos. En eso las madres ejercen la más dulce de las tiranías. Es una mezcla prodigiosa entre «Se hace porque yo lo digo» y «A la larga me lo vas a agradecer». Esa combinación explica muchas dentaduras perfectas, muchas letras gráciles, muchas columnas derechas y muchas formas de ser envidiables.

Celebrar, por último, la lucha. A algunos la vida nunca les ha dado la opción de luchar. Pasan por este irresistible valle de lágrimas sin necesidad de pelear nunca por algo. Ya sea porque nacen en cuna de oro y todo lo reciben en bandeja de plata o porque llegan a este mundo tan lejos de lo que otros tienen que cualquier intento por alcanzarlo se vuelve un espejismo, ilusorio. Ni unos ni otros luchan. ¿Para qué? En el medio están los que nunca sufren ni tienen grandes expectativas ni pierden grandes cosas ni se enferman.

Hay tanto que celebrar en esta hora aparentemente oscura, María Luisa. Es echarse a morir o echarse a vivir.

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