Música de cocteleras

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La única vez que vi curado a mi papá yo tenía siete años. Conservo un buen recuerdo del episodio. Creo que a nuestra vida siempre le hizo falta algo de jovialidad y de exceso. Tras las puertas de esa casa todo fue siempre tan constreñido, medroso y neurótico que a veces daban ganas de irse al patio en la noche y lanzar un bramido animal mirando las estrellas.

El hecho es que me desperté esa noche como a las tres a causa de un inusual escándalo de objetos volcados, gritos y risas, me senté en la cama y vi a mi papá y a su hermano -ambos con corbata- persiguiendo a la empleada por los pasillos, burlándose de no sé qué canción de Salvatore Adamo, cantante de la que ella era fanática. La gorda Silvia, que andaba en camisa de dormir, llegó en su huida hasta la calle.

Por ahí queda todavía una foto que nos dejó la Silvia, sonriente y en traje de baño junto al lago Villarrica, de cuyas inmediaciones era oriunda. Han pasado tantos años. Podría decir de ella que fue mi primera amiga, conforme a esa complicidad que suele producirse entre las empleadas y los niños en las tardes eternas. Me entretenían sus historias, me intrigaban sus salidas del fin de semana, el pololo taxista, sus movimientos por barrios desconocidos para mí, de los que daba como referencia una «copa de agua».

Prefiero no acordarme más, porque la memoria exacerbada nos lleva a creer que en el pasado hay una clave secreta para entender nuestras cataduras actuales. Llevo años en esa indagación y no he encontrado nada. Esta misma cotidianeidad en que nos encontramos hoy tendrá un significado ilusorio en treinta años más, este café lleno de humo y de conversaciones cruzadas, la calle soleada que se ve tras la vidriera, un camión blanco que pasa, una vieja que grazna llamando al mozo, la hermosa mina solitaria que habla por celular, el tintineo de las tazas, las canciones de una radio prendida en alguna parte, en fin, en fin, la realidad siempre se da de esa manera: un enjambre de sensaciones discontinuas

Ahora que soy más viejo de lo que mi papá era el día de su borrachera, me siento impelido a aconsejarle que ése era el camino: un poco más de gin, de desbordes, de conversaciones demenciales, de libido, en suma. La mejor enseñanza que se le puede dejar a un niño es la alegría de vivir, y ésta no se transmite por discursos sino por gestos reales.

Quizás por eso es un alivio ver en estos anocheceres primaverales los bares llenos de gente y los mozos atareados llevando bandejas con mojitos, pidiendo a gritos otra caipirinha para la mesa tanto, y los barman tras el mostrador agitando las cocteleras. A veces toda la música de la vida pareciera concentrarse en ese chasquido persistente de las cocteleras, el hielo golpeándose contra el acero inoxidable, impregnado de limón, de azúcar y de alcohol.

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