Música en la cubierta

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Título/Pie de foto: Roberto Merino


Quizás lo que nos hace deslumbrarnos con Bach sea la sensación, al escuchar cualquiera de sus composiciones por primera vez, de que esencialmente la conocemos. Desde antes, desde siempre.

Roberto Merino

En las conversaciones sobre drogas no se suelen decir cosas muy interesantes. Muchas veces el proceso de una volada aparece referido, en los relatos de los jóvenes, a la dinámica social en la cual se verificó la experiencia: fiestas, recitales, paseos grupales a la playa. Pero nada sobre la trama perceptiva de la realidad, que es la primera categoría que al influjo de la droga -particularmente de los alucinógenos- aparece dada vuelta, seccionada, evidenciada.

Alguna vez en la vida, allá lejos y hace tiempo, me sorprendí, como efecto de un alucinógeno menor, componiendo mentalmente un concierto de órgano. Iba en un barco, rumbo al sur, y me había echado en uno de los botes de salvataje de la cubierta protegido de la llovizna con unos plásticos. Algo tiene que haber incidido el bamboleo de la nave, el mar nocturno, la luminosidad de las nubes. El hecho es que por un momento me sentí capaz de dominar todos los detalles de una compleja pieza barroca, el contrapunto, el bajo continuo, los ajetreos de la fuga. Ahora pienso que en aquella ocasión estuve a dos centímetros de Bach. Como sucede siempre en estos casos, pasado el trance artificial no hubo cómo recuperar lo vivido. En estado normal no tenía como reconstituir en un teclado -por ineficiencia técnica- aquella hermosa obra alterada y fugaz.

Esto me hace pensar que los genios no están tan lejos de nosotros como afirma la creencia común. Quizás lo que nos hace deslumbrarnos con Bach sea la sensación, al escuchar cualquiera de sus composiciones por primera vez, de que esencialmente la conocemos. Desde antes, desde siempre. Jaime Galté, el vidente chileno, en los momentos en que era «visitado por un espíritu», se sentaba al piano e interpretaba a Mozart a la perfección, cuestión que en la vida cotidiana no estaba en condiciones de realizar.

Si seguimos leyendo el Ulises de Joyce a pesar del paso del tiempo, de los anatemas culturales y de los cambios de guardia de la retórica, es porque el espejismo estructural de ese libro -la posibilidad de ampliar indefinidamente el relato de un solo día- es parte de nuestras especulaciones infantiles: el tipo de pensamiento que aparece y se va como un ramalazo súbito sin que no alcancemos a darle forma y menos aun comunicar a los demás.

Yo he observado un fenómeno en los años que llevo escribiendo crónicas: cada vez que confieso una particularidad extravagante de mi psiquis, una brutalidad que pudiera parecer totalmente personal, invariablemente alguien o más de alguien se me acerca para decirme: «A mí me pasa lo mismo y no me había dado cuenta».

Esto significa que tenemos un rango limitado de explicaciones sobre el modo en que experimentamos la vida. Aquello que logramos formalizar en el lenguaje sería como la punta de un iceberg. Nuestro día a día arrastra, por lo mismo, un cuerpo voluminoso y sumergido, que nos determina a pesar de que no tengamos noticia ni idea de su existencia.

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