¿Por qué es tan detestado nuestro Johnny Bravo?
¿Qué lleva a la gente a pifiar a Angie Alvarado primero por robapololos (le pasó animando el Festival de San Felipe) y sólo un par de meses después a Pablo Schilling (el pololo «robado») por terminar con la dulce villana (le está pasando en «Fiebre de baile»)?
¿Será que la masa siempre va a ponerse del lado de la víctima? ¿O que la diferencia física con Edmundo era abusiva a favor de Schilling? ¿O que a Edmundo Varas (su contendor del lunes) ha estado sin pantalla y a Schilling en cambio le ha ido bien?
¿O será que el musculín siempre está sonriendo imperturbable y Edmundo es más humano y alterna muecas de angustia con caras más amables? ¿Empezará a ser querido Schilling si se dopa y aparece en ese estado a los pies de la Virgen del San Cristóbal? ¿Comenzará Edmundo a ser abucheado si todo le sale bien?
P uedo comprenderlo en el caso de un humorista o comediante en el Festival de Viña, cuya carrera en Chile como tal está siendo masacrada por una silbatina inclemente (Óscar Gangas, Natalia Cuevas, Vanessa Miller, Jorge Pérez). Ahí opera el morbo colectivo. En patota aflora el instinto más primario, somos más libres y también más bastardos.
P ero esto de que un día todos te consideramos un niño bueno y a las pocas semana a todos te nos atravesaste no me termina de convencer. Pablo Schilling es un tipo que sigue a su corazón. Donde vaya. Eso parece que nos patea la guata. Se llama envidia.


