Harold Mayne-Nicholls cayó en el pecado de la gula y, -después de haber aparecido como víctima de una turbia conspiración política y deportiva, terminó enredado en el fango y acabó farreóíndose el capital ético que tenía.
¿Qué va a quedar de las reyertas de los dirigentes del fútbol chileno? ¿Quién va a recordar en algunos años de qué se trataba la disputa? ¿Alguien podrá explicar el rosario de acusaciones y contraacusaciones? ¿Habrá alguien a quien le va a importar? No. De todos esos arañazos y cuchillos maleteros no va a quedar nada. Nada. Lo único que va a permanecer en la memoria de todos es si Bielsa se fue, finalmente, o si contra todos los pronósticos decidió quedarse en Chile para un nuevo ciclo. Bielsa o no Bielsa: ése es el único dilema.Harold Mayne-Nicholls cayó en el pecado de la gula y, después de haber aparecido como víctima de una turbia conspiración política y deportiva, terminó enredado en el fango junto al resto de los dirigentes y acabó farreándose el capital ético que tenía. Harold era el dirigente que había hecho las cosas prolijamente, le había puesto algo de profesionalismo al fútbol y había tenido la inspiración de entusiasmar a Bielsa con su proyecto. Segovia era la tarántula de la película, la punta de lanza de un contubernio casi mafioso por hacerse de los ingentes dineros del fútbol televisado. Aún así, cuando Harold perdió las elecciones, debió haberlo asumido y aceptado. Debió haber tenido la grandeza de proclamar la victoria de su rival y e impedir cualquier maniobra del Tribunal de Honor o de quien fuera. Harold debió haberse jugado por que Segovia asumiera, por desagradable que se resultara el trago. Había perdido increíblemente unas elecciones democráticas. Punto. Pero no fue un buen perdedor. No fue el gentleman y el republicano que pudo y debió ser. Si sus adversarios habían sido barriobajeros, él no quiso ser menos y también sacó la quisca. La leguleyada que inventó o sostuvo con su silencio para inhabilitar a Segovia es sencillamente impresentable. Otros veinte dirigentes y él mismo no podrían ejercer aplicando a rajatabla ese reglamento. Es improbable que a Bielsa lo tenga contento que su jefe haya entrado al área chica de las maniobrillas políticas de cuatro pesos. Como un Don Choco cualquiera, casi.
En el gran farreo del fútbol chileno, el barro y el estiércol acabaron por salpicarlos a todos. Como en esos duelos en los que quedan todos muertos o casi muertos en el campo de batalla. No quedó ni un solo mariscal con la cabeza erguida, nadie que sacara la cabeza por sobre la horda hambrienta, nadie que recordara que nos habíamos amado tanto, y nadie dijo nada, nadie dijo nada.


