Otra cosa es con fagot

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Hace justo un año el comentario de este columnista sobre el concierto del 83° aniversario de la Orquesta Sinfónica Nacional se inició señalando que, salvo los discursos previos a la música, la jornada celebratoria dejó ver ausencia de elementos que le dieran realce, como un programa más ad-hoc con algún estreno u obras festivas a toda orquesta y vestimenta de etiqueta de los músicos.

Ha llegado un aniversario más y un nuevo concierto de conmemoración. Hubo discursos introductorios, los músicos con la pinta de siempre, y renovadas carencias: junto al poco minutaje que en términos netos sumó la música dispuesta, faltó una obra de gran calado. Con generosidad podría asignarse esa calificación a «La valse» de Ravel, que con su innegable espectacularidad orquestal cerró la tríada programada. El mayor atractivo, qué duda cabe, se centró en la apertura, al ofrecerse el Concierto para fagot y orquesta de Carl Maria von Weber, conjugándose la presencia de un compositor muy poco visitado con la tan inusual audición (primera vez para gran parte del público) de una obra con ese instrumento principal.

Súmese la magnífica actuación de Efraín Vidal como solista, que dejó a la audiencia en estado de verdadera conmoción, premiándolo con muy largos aplausos.

Los oyentes de seguro tenían escasa familiaridad con el accionar mayor de un fagot, mediando tal vez algunos pasajes icónicos de obras como «El aprendiz de brujo» de Dukas, los compases iniciales de «La consagración de la primavera» de Stravinsky o la introducción del aria «Una furtiva lágrima» de Donizetti. Aquí la cosa fue diferente, con este instrumento amo y señor de una obra concebida para un máximo lucimiento, que tuvo en Vidal a un aliado de lujo, mostrándose como un gran virtuoso, percibido casi como una voz belcantista. Y claro, porque este concierto surgido de un compositor alemán que fue contemporáneo del esplendor de la corriente italiana que puso la belleza del canto en primerísimo lugar, haya querido rendirle un brillante tributo. El solista, Saglimbeni y unos sinfónicos por momentos muy sonoros, transmitieron esa riqueza melódica de punta a cabo con un rondó final muy amable y contagioso.

Con este gran acierto de entrada el resto del programa celebratorio se advirtió en planos más secundarios. El sensual «Preludio a la siesta de un fauno» de Debussy y esa efectista «Valse» raveliana no lograron equilibrar el fuerte impacto provocado por el fagotista estrella ni tampoco aumentar el realce celebratorio.

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