Pablo Ortúzar, antropólogo y columnista chileno, investigador del IES, analiza la presidencia del Frente Amplio
El gobierno de Boric es como el capítulo de 31 minutos en que se acaba el mundo, pero comienza altiro de nuevo exactamente igual, dice.
«Chile no se cae a pedazos», fue la frase que categóricamente lanzó el Presidente de la República Gabriel Boric en su último discurso en el Encuentro Anual de la Industria, organizado por la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa). Y llamó a «no caer en el catastrofismo ni en profecías autocumplidas, tenemos que estar orgullosos, hay cosas que funcionan bien». A tres meses que abandone La Moneda comienzan los balances a su gestión. El antropólogo social, doctor en Teoría Política, investigador del IES, académico de la FEN de la Universidad de Chile y autor del libro «Dignos. Crónica del estallido social», Pablo Ortúzar, se la juega.
El Presidente Boric aseguró que Chile «no se cae a pedazos». ¿Qué se desprende de esa frase?
«Varias cosas. La primera es que el Presidente, como en tantas otras cosas, cambió de posición sobre este tema.
Cuando el Frente Amplio no estaba en el poder, su discurso era que Chile era la Norcorea del neoliberalismo. Una verdadera distopía apenas sobrellevable. Ese diagnóstico está, por cierto, en la base de la propuesta constitucional de la Convención, que el gobierno de Boric asumía como su piedra fundacional. Era el instrumento para hacer de la cuna del neoliberalismo también su tumba. Pero luego del rechazo, y ya apoltronados en las instituciones, los frenteamplistas parecen haber cambiado sus parámetros y bajado muchísimo sus estándares. Se siguen creyendo «Napoleón en Jena» (esta frase se usa metafóricamente para describir a alguien que triunfa de manera arrolladora, como Napoleón Bonaparte en la batalla de Jena sobre los ejércitos prusianos, en 1806), pero lo que presentan como histórico es la versión Temu de sus promesas originales. El gobierno de Boric es como el capítulo de «31 minutos» en que se acaba el mundo, pero comienza altiro de nuevo, exactamente igual. Según ellos, lo cambiaron todo y el país es otro y ahora sí es vivible y no se cae a pedazos. Pero uno mira alrededor y ve más o menos lo mismo, con cierto deterioro».
Desde el gobierno defienden la baja en la tasa de homicidios por tres años consecutivos, también dicen que se ha reducido el ingreso irregular de migrantes, por ejemplo…
«Todos los gobiernos son un poco como los brujos que hacen llover. Si no llueve la culpa es del resto, pero si llueve es gracias a ellos».
¿Chile se «salva» porque las instituciones funcionan pese al gobierno de turno?
«En buena medida, sí. Es porque tenemos un Estado más profesional y menos politizado que otros países de la región, y también por el grado de diferenciación funcional alcanzado por nuestra economía. Pero hay un deterioro claro en ambas cosas».
Episodios como la accidentada visita de la entonces ministra del Interior Izkia Siches a Temocuicui, en la Araucanía, la venta de la casa de Allende, y, por cierto, el caso Monsalve, ¿qué le dicen del gobierno?
«Todos ellos tienen en común mucha desprolijidad, poca responsabilidad y la convicción permanente de que, al ser ellos moralmente superiores, no tienen por qué sujetarse a las mismas reglas que los meros mortales. Estamos frente a una izquierda olímpica. La misma que predicaba contra los liceos emblemáticos con los hijos en el Santiago College.
Y creo que, mientras no haya un replanteamiento intelectual profundo, seguirán atados a la filosofía ineficaz que les inoculó Fernando Atria, que ahora sube fotos predicando el socialismo paseándose en Inglaterra en carruaje con sombrero de copa. El Frente Amplio requiere de una emancipación intelectual para poder procesar realmente todo lo que les ha ocurrido».
¿El gobierno se acabó cuando perdió su apuesta por cambiar la Constitución?
«Ahí se desinfló el ímpetu refundacional. Y menos mal, porque si han andado a medio morir saltando administrando lo que había, es cosa de imaginarse lo que habrían sido las instituciones refundadas por ellos».
¿Cómo analiza la evolución del gobierno, desde su arribo hasta ahora?
«Este gobierno ha sido toda una odisea de los egos. Como dije, la versión chocofrunada de Napoleón en Jena en 1806. Lo malo del proceso es que no ha venido acompañado de reflexión: el nuevo Frente Amplio está lleno de académicos, pero carece de intelectuales. Al pobre Noam Titelmann lo mandaron a Siberia por adelantarse exactamente a lo que terminó pasando, pero todavía no lo traen de vuelta. Y es todo lo que tienen».
Usted acaba de publicar un libro editado por el IES sobre el estallido social. ¿Cree que con el fin de este gobierno se acaba la lógica del denominado octubrismo en la discusión pública?
«En mi libro titulado «Dignos. Crónica del estallido social» examino este tema. El clivaje o eje de la articulación política de la transición, el del Sí y el No, dictadura y democracia, cambia con el estallido. La izquierda quiere instalar el eje ciudadanía contra neoliberalismo, pero lo hace de manera tan bruta y cómplice con la violencia del estallido y los delirios de la Convención, que el eje termina girando hacia el del Apruebo y el Rechazo, representando el Rechazo una defensa del desarrollo capitalista. Este es un cambio tectónico en la política nacional que ha venido siendo confirmado luego del plebiscito constitucional de salida, y que le pone la pista muy en contra a la izquierda en el corto y mediano plazo».