El pájaro Fiu nos recordó algo de la infancia perdida.
Los colores de Fiu, el símbolo de los Panamericanos y Parapanamericanos, nos llevaron a un mundo alucinado, muy lejos del fuego y la ansiedad que nos consumía. Un pájaro que no le había hecho mal a nadie y que nos sacó por unas semanas del ensimismamiento neurótico que nos complacíamos en sufrir antes.
El pájaro Fiu nos recordó algo de la infancia perdida, pero también nos situó en un continente, en un mundo donde seguimos siendo sinónimo de seriedad y coraje, de fin de mundo, democracia y leyes. Estadios llenos, canchas limpias, mar y montañas. También una red de Metro sólida, una infraestructura que pese a todo resiste, unas ganas de colaborar que olvidaron por un rato las reyertas de siempre.
Todo eso nos recordó el pájaro Fiu, la colaboración, el trabajo de equipo, la competencia y el mérito. El oro, la plata y la gloria. Y deportistas que sin brazos nadan, que sin piernas corren, que sobrepasan incluso esa frontera, que creemos es la última, pero es solo la primera, que es el cuerpo.
Estos juegos nos permitieron recobrar todo eso por un rato quizás demasiado breve. Demasiado luego hemos vuelto a la competencia de quien pierde más y quien gana menos. En eso, por desgracia somos imbatibles.


