Justicia española le quitó derecho de ver a su hijo
Sin embargo, al niño no le molesta la vestimenta ni la pinta femenina de su padre.
El extraño drama se desarrolla en la ciudad gallega de Lugo, en el lluvioso norte de España.Desde pequeño, Álex Pardo se siente algo incómodo con su cuerpo de varón; tímido y vergonzoso, decide permanecer en el fondo del clóset: en una jugada muy arriesgada, adopta el ensayo y el error como formas de vida. Así es cómo pololea con una chiquilla, engendra un hijo, se casa y luego se divorcia.
La madre del pequeño nunca se entera de nada. El problema viene cuando su ex marido comienza a maquillarse, usar vestidos ajustados y verse más femenino que ella. Ahí se acaba la buena onda y el régimen de visitas adquiere tintes penitenciarios. Rebautizado con un exótico nombre de mujer, Álex recurre a la justicia: Alexia Pardo -con sus luces y sombras- asume una lucha continental contra la discriminación sexual en los tribunales de familia.
De lejos Alexia luce como una joven atractiva y curvilínea; de cerca se distinguen sus 34 años y el perfil masculino del mentón. Sus pequeños pechos -producto de hormonas y cirugía- parecen naufragar en un torso demasiado ancho. ¿Es transexual o travesti? Los límites son difusos y ella tampoco da luces al respecto. «Eso queda entre mi pareja y yo.lo que alguien tenga entre las piernas no lo hace más hombre o mujer», sentencia con un falsete que disimula su grave tono de voz.
Papi es mujer
Alexia Pardo Vila -Álex en ese entonces- contrajo matrimonio en 1998 con una dama que en todo el proceso sólo ha sido identificada con las iniciales P.Q.F. El pequeño David ya había nacido; durante un lustro los tres vivieron como familia hasta que el 2002 vino un divorcio amistoso.
La audiencia provincial de Lugo estableció que el ex marido debía pagar una pensión casi simbólica (60 euros, unos 40 mil pesos chilenos mensuales) y le concedió un régimen de visitas algo rígido: podría pasar con su hijo un fin de semana por medio y la mitad de las vacaciones escolares. En la práctica esta rutina no se cumplió, pues la madre fue flexible para que el papá pudiese ver al chiquillo cuando quisiera.
Harto de guardar las apariencias, el 2004 Álex se volvió Alexia; en una clínica local inició un tratamiento hormonal «para completar su cambio de sexo mediante una intervención quirúrgica». Atónita, su ex esposa le declaró la guerra: ante tribunales exigió la suspensión de la patria potestad y del régimen de visitas. La jueza se puso de parte de la madre.
Transfobia
El caso alcanzó notoriedad nacional el 2008 cuando Alexia presentó un recurso de amparo arguyendo que el dictamen violaba la Constitución al «discriminar a un ciudadano debido a su identidad sexual».
En el camino, por lo demás, la situación paternal de Alexia mejoraba. Las sicólogas que vigilaban los encuentros habían emitido informes favorables, pues al niño no parecían incomodarle el maquillaje, vestimenta y ademanes de su papá. La sentencia unánime se dictó esta semana y no respondió a sus expectativas. La corte supranacional desechó su alegato al determinar que los sucesivos dictámenes de la justicia española se han ajustado a derecho. «No ha existido discriminación basada en la transexualidad, sino que primó el interés superior del niño», se argumentó. «Me siento indignada, deprimida y menoscabada por la justicia». De común acuerdo, dispusieron con su hijo «vernos en el momento que nos apetece».
Harto de guardar las apariencias, el 2004 Álex se volvió Alexia. Atónita, su ex esposa le declaró la guerra.
Fobia contra los transexualesLos colectivos homosexuales definen a la «transfobia» como la discriminación irracional hacia quienes cambian de sexo. Un caso paradigmático es el del alemán Matthias Schulze, quien se desempeñaba como gerente de certificación en la planta barcelonesa de una transnacional de productos sanitarios.
Un buen día el joven ingeniero industrial le anunció a su jefe que se sometería a una operación de cambio de sexo y que de ahí en adelante quería ser llamado «Sarah». La empresa lo despidió en el acto aduciendo que le sería imposible «mantener trato con los clientes».
Apoyada por el sindicato, la nueva Sarah Schulze presentó una denuncia por discriminación: sin mucho que argumentar y con tal de no llegar a un incómodo juicio, la compañía le pagó una indemnización de 22 mil euros


