Francisco Lee, ex actor y panadero, cuenta cómo se reinventó gracias a los perros
Nos dicen oye, voy a salir de carrete, ¿tepaso a dejar a mi perro?.
Francisco Lee debutó profesionalmente en el mundo del teatro; estudió Actuación y se dedicó a ello hasta los 27 años. Durante ese tiempo conoció a uno de sus futuros socios de lo que más tarde sería Pan Mostacho. «Siempre pensé que iba a vivir del teatro, pero empecé a sentir que necesitaba algo más estable. Me encantaba actuar, pero también veía que, a menos que fueras una estrella, el futuro era muy incierto».
Luego de estudiar Administración de Empresas y Cocina, la panadería tomó impulso. Fueron ocho años intensos, pero algo en él se fue desgastando. «Era un proyecto bonito, partimos con mucha energía, con la idea de hacer algo distinto, pero emprender con amigos es difícil. Entré en este círculo de estar todo el día en el computador, trabajando sin parar, apagando incendios, lo que significa emprender».
Las diferencias en la visión del negocio llevaron a una separación no del todo amigable. Francisco quedó en la incertidumbre, cuestionando su futuro: «Me sentía perdido. No sabía qué hacer, ni siquiera qué me gustaba realmente». Durante ese período reforzó su fuerte conexión con los animales y su interés por la educación canina: siempre había tenido perros y, de manera instintiva, los entrenaba.
Entonces un amigo de su hermano le pidió ayuda con su perro, que tenía problemas de ansiedad. Francisco decidió entrenarlo y, a partir de ahí, descubrió su verdadera pasión. «Era como si de repente todo hiciera sentido. Me di cuenta de que tenía habilidades, que me gustaba, que podía ayudar a los perros y a sus dueños», recuerda
«Ya, es hora»
Mientras Francisco Lee buscaba un nuevo rumbo, su pareja, Catalina, también estaba en una encrucijada. «Igual estaba mal, deprimida con todo el proceso por el que estaba pasando Francisco, con la empresa que no me estaba haciendo feliz y decidí «ya, es hora»».
Durante años ella trabajó en una cafetería, pero cada día se sentía más ajena a su propia vida: «Me salí porque estaba muy triste, ya no quería más. Estaba cansada, en verdad, de trabajar en una empresa donde no valoran a las personas».
Catalina no tardó en sumarse al proyecto de Francisco: «Para mí los animales siempre fueron mi pasión. Crecí con perros, siempre tuve perros, pero nunca había pensado en hacer de eso un trabajo. Hasta que lo vi funcionar».
Así nació Woof y Roll, inicialmente como un servicio de paseos educativos para perros (@woofandroll.cl en Instagram, https://goo.su/tMZyPCo). Francisco estudió con entrenadores internacionales, observó el comportamiento canino y se especializó en mejorar la conducta de los canes mientras los paseaba. Gracias al boca a boca, su enfoque tuvo éxito y los clientes comenzaron a confiar.
De esos paseos surgió la idea del hotel boutique canino. Muchos clientes les decían que no confiaban en los hoteles tradicionales, diseñados para perros acostumbrados a grandes espacios y no para aquellos que viven en departamentos. Así nació un espacio con un enfoque más personalizado, donde las mascotas no solo tienen compañía sino también una rutina equilibrada con paseos y entrenamiento. Hoy, en su departamento, acogen a un máximo de cinco canes.
Francisco, ¿cómo se han tomado los vecinos que tengan el hotel ahí?
«Tenemos todo el edificio tomado. En serio, todos los perros del edificio trabajan con nosotros en paseos, entrenamientos y también se quedan en el hotel. Es un flujo constante. La gente nos dice «oye, hoy voy a salir de carrete, ¿te paso a dejar a mi perro?». Es como si fuera su segunda casa. Actualmente tenemos más de 60-70 clientes y hay lista de espera para gente fuera del edificio. Los perros ya conocen la ruta, llegan solos y entran tranquilos. Y lo importante es que aquí los perros no están encerrados. En la mañana tienen paseos de una hora o más, vamos al Parque Bicentenario, al Parque de la Esculturas, al cerro».
Catalina, ¿cómo es trabajar con la pareja todo el día?
«Mira, en verdad nosotros no nos vemos mucho porque él tiene sus clientes, su sector, y yo tengo el mío. Yo me encargo del hotel junto con algunos clientes, que son principalmente los vecinos del edificio y los cercanos. Francisco trabaja en Las Condes, mientras yo manejo más Providencia. De lunes a viernes casi no nos vemos. Él está todo el día afuera y recién en la noche nos encontramos. Los fines de semana sí los compartimos y ahí trabajamos juntos».


