Los analistas hablarán con razón de un no-pase que no se puede subir a las estadísticas. No existe la categoría de no-asistencia en el algoritmo del fútbol actual.
Luciano Cabral está mal de la cabeza. Está jugando un fútbol de los años sesenta. De Pelé, Garrincha, de Corbatta. Un fútbol antiguo, pero eterno, que no va a morir jamás. Y antes de seguir, mejor una advertencia. Habría que revivir a Borocotó, sacarlo de la tumba como fuera, clonarlo, usar un médium, qué sé yo, pero traerlo de vuelta para que escriba al menos un párrafo, dos, por el amor de Dios, sobre el fútbol que está jugando Luciano Cabral. Una oda al potrero, a la gambeta, al polvo y a la cara sucia de las tardes interminables de correr tras la pelota como si no hubiera nada más en el mundo. Yo me acuerdo: hoyito-patá, último gol gana y el grito de dos o tres mamás mientras caía la noche para entrarse y volver a nuestras terrenales vidas de niños mal o bien portados. Pichanga, picado, pelada, cascarita: los nombres de ese rito imprescindible, un trozo de la infancia que se vuelve infinito.
Luciano Cabral está mal de la cabeza. Ya se dijo, pero vale repetirlo. Es el monumento que pedía la pluma de Borocotó en El Gráfico: las rodillas cubiertas de cascarones de lastimaduras que desinfectó el destino, la pelota de trapo forrada con una media vieja; los ojos inteligentes, los ojos revoloteadores, de miradas chispeantes. La profecía de 1928 de Borocotó que se creyó encarnada en Maradona. Por supuesto. Todos podrían llamarse Maradona, aunque es la magia del potrero la que los arma y los desarma como si fueran muñecos. Artistas del balón que un día se apagan solamente para volverse inolvidables.
Luciano Cabral está mal de la cabeza y su jugada contra Instituto es una impertinencia. Cómo se le ocurre. Sí, porque no tiene derecho a hacernos creer que todavía es posible vivir del juego original, aunque sea tarde, mal y nunca: ajeno a todas las banalidades del fútbol moderno, sus balones de oro y sus departamentos de marketing. Esa jugada contra Instituto, un sábado como tantos de febrero, como que no quiere la cosa. El pase de Ángulo a Tarzia y la devolución de primera de Tarzia, cortita y al pie, pero para quién. Para el mago, que tiene otros planes porque está mal de la cabeza. O sea, quizás la culpa la tiene Angulo al hacer toco y me voy, metiéndose a la espalda del genio a la espera de un milagro. Al pasar, Angulo aún no sabe lo que Cabral ya sabía desde que lo vio venir. Cinco jugadores de Instituto se acercan a merodear, por si acaso se le cae una moneda del bolsillo: tomarán lo que puedan, rasparán lo que alcance para salir ilesos de la prueba. Cinco rivales, cinco, una especie de jaula diseñada para cualquier acto de escapismo.
Cuando Ángulo cierra el triángulo, entre su arranque, Tarzia y su llegada a la espalda de Cabral, la suerte de los contrarios ya está echada. Cabral deja que el mundo gire y que la pelota pase entre sus piernas para que le quede chanchita a Angulo. Golazo. Los analistas hablarán con razón de un no-pase que no se puede subir a las estadísticas. No existe la categoría de no-asistencia en el algoritmo del fútbol actual, pero Luciano Cabral viajó en el tiempo porque está mal de la cabeza. Anote: minuto 53 del partido entre Independiente e Instituto, liga argentina. El minuto 53 del resto de nuestras vidas.


