Me acaban de despertar en medio del tercer sueño para avisarme que Bombo Fica se echó al bolsillo al Monstruo. En la conferencia de prensa posterior, me mandó al mismísimo demonio: me lo merezco por pelotudo.
Cumpliendo mi promesa, he ignorado olímpicamente esta lata de Festival. El lunes intenté ver junto a mi familia política el show de Coco Legrand. Tras quince minutos de tortura, mi suegra dijo lo que todos estábamos pensando: «Este tipo es un amargado». Así partimos a jugar carioca, mientras de fondo un soberbio sabelotodo sicoanalizaba a gritos a medio Chile.
Y ahí se nos terminó el Festiviña más soso de las últimas décadas. De verdad tenía ganas de ver tu actuación, Bombo Fica, porque eres el único artista del cartel al que le tengo genuino aprecio; el sueño, sin embargo, me venció. Yo, que me río a carcajadas con el Condorito, sé apreciar el humor modesto y sin pretensiones de sociología: jamás deseé tu fracaso, sólo quería protestar porque miles de personas parecidas a mí -y a ti, lo más probable- habían sido olvidadas por los organizadores del Festival.
Lo que yo haya querido decir, en todo caso, es obvio que lo expresé mal. De hecho, de regreso a Santiago, me enteré de que mi propia familia estaba enojada conmigo por afirmar que en mi hogar apenas había cubierto las necesidades básicas, falsedad del porte de una basílica. Así que -aprovechando tu merecido triunfo- te felicito, Bombito, bajo humildemente el moño y me trago mis palabras.


