Si fuiste parte del problema, al menos tómate un recreo antes de volver a ofrecer soluciones.Una cuarentena ética. Yo a Milad se lo diría con música de Juan Gabriel: No te aferres a un imposible.
En el fútbol chileno ya no se disputan campeonatos, se disputan sillas. Y no cualquier silla: hablamos de esos tronos burocráticos con respaldo acolchado, tornillos blindados y código de acceso encriptado. Pablo Milad ocupa una doble: en la ANFP y en la Federación. Como si fuera presidente de dos repúblicas fallidas que comparten territorio y bandera. No las suelta ni aunque lo llamen al orden con el escudo nacional en el membrete del Senado: «Por la razón o la fuerza».
La escena de la semana parece escrita por un guionista cansado: el senador Matías Walker propone en la nueva ley que al separarse definitivamente ambas instituciones ningún dirigente de la actual ANFP quede apernado en la nueva Federación. No suena descabellado. Si fuiste parte del problema, al menos tómate un recreo antes de volver a ofrecer soluciones. Una cuarentena ética. Yo a Milad se lo diría con música de Juan Gabriel: «No te aferres a un imposible».
Pero esto en el fútbol chileno es pedir demasiado. Milad, con ese reflejo tan fino que lo caracteriza para defender su puesto, aunque no a la Roja, no tardó en agitar el comodín de la injerencia estatal ante la Señora FIFA, siempre lista para cuidar su jardín privado: «No toquen nuestras estructuras o les apagamos la luz del estadio».
Ya nadie está dispuesto a creer en el compromiso de la ANFP con el destino del fútbol chileno. Menos en el Consejo de Presidentes, dueños de la pelota y de la planilla de Excel. La Roja para ellos es mercancía de segunda clase y no les importa, mientras Milad resista pese a su currículo ideal para no conseguir pega: mundiales por televisión, fútbol joven a la deriva, partidos sin hinchadas visitantes, representantes de jugadores que se adueñaron de los clubes.
Hay que ser justos: algo de razón tiene la queja de Milad ante los jerarcas de Zurich. Las modificaciones a la ley de sociedades anónimas deportivas, de aprobarse, no definirían quién se hará cargo de la Federación pero sí nos asegurarían que por ningún motivo pueden ser Milad y sus escuderos. La inhabilidad de cinco años, que es una forma de sacarlos del juego, sanciona legalmente una cuestión que debe tener una salida ética. O sea: hay que negociar. A fin de cuentas los legisladores encabezados por Matías Walker no quieren que el Estado se meta en la cancha, sino que los rostros de la debacle la dejen despejada para que actores con más ganas de trabajar se hagan cargo de las selecciones nacionales.
Del futbolista profesional se espera que asuma sus errores. Que si la falla es suya, lo admita y trabaje en corregir. ¿Por qué no exigir lo mismo de un presidente? ¿Por qué Milad no siente esa vergüenza deportiva que a veces sí asoma en el vestuario pero nunca en las oficinas de Quilín? La respuesta es simple: porque no está solo. Porque detrás de él hay clubes, o mejor dicho, hay manos invisibles que sostienen esos clubes y prefieren a un presidente que no moleste, que no fiscalice, que no husmee demasiado en los libros de cuentas ni en los propietarios ocultos tras pantallas jurídicas.
Así estamos. Chile sin Mundial, sin rumbo, sin identidad futbolera, pero con estructuras sólidas como las de un búnker.