Manejaba un planeador y tuvo que aterrizar de emergencia el domingo
Pasó frío y hambre, pero cantaba canciones scouts y de Rush para no amilanarse. Por las noches se tapaba con un paracaídas
Según José Auil Petermann, a los pilotos les encanta sentir las turbulencias y, en la incesante búsqueda de adrenalina, prefieren atravesar la nube más cargada que vean. «Ahí está la energía», explica.
Siguiendo ese mismo ímpetu, el domingo se lanzó a una travesía en planeador para recorrer los 500 kilómetros que separan la minera Los Pelambres y Rancagua. Y por tratar de atravesar una nube negra, terminó aterrizando de emergencia en territorio argentino.
«Fue un aterrizaje brusco, pero sin connotación. Traté de subir caminando pero rápidamente me di cuenta que estaba apunado», cuenta. Optó por escribir una nota en el fuselaje del planeador y partir hacia abajo. Si se quedaba ahí, se iba a congelar en cuanto se escondiera el sol, así que cogió algunos artículos de la nave y empezó a caminar.
Ese día, Auil caminó unos 15 kilómetros. Y se tapó con un paracaídas para pasar la noche, pero el viento y los calambres no lo dejaron dormir.
Se alimentó con agua de río y una barrita de cereal que comía a pedacitos. E hizo fuego gracias al alcohol y el algodón que había en el botiquín.
Recorrió 40 kilómetros al día siguiente y lo hacía entonando una canción scout y el tema «Marathon», de Rush, para no pensar en su familia y evitar que el ánimo decayera.
Pero se vino abajo cuando empezaron a caer copos de nieve. Ya estaba frágil y desesperado. «En ese momento aparecieron, no sé de dónde, dos arrieros. Fue mágico y milagroso. No me querían llevar, pero les dije que no me podían dejar ahí. Uno de ellos me dijo, muy frío, si se queda acá, en un par de horas está muerto, gaucho. Está cagado «. Peor fue cuando le indicaron que su trayecto había sido en vano pues había caminado todo el tiempo en dirección contraria.
Cuando los copos ya eran ráfagas de viento, los gauchos se apiadaron de él y lo subieron a un caballo. «No sentía mi nariz ni mis labios y no podía hablar. Pero ni cagando soltaba las riendas», cuenta al tiempo en que su relato se quiebra de emoción.
Llegaron a una pirca, donde establecieron un campamento. Calentaron agua en un tarro, le agregaron una cebolla que conservaba uno de los arrieros y la mitad de una papa. «Es la mejor sopa de cebolla que he probado», dice. «Dormimos cucharita para darnos calor. Hacía mucho frío».
El martes él se dedicó a cuidar el campamento, bañarse en el río y juntar leña. Al día siguiente, los arrieros lo fueron a dejar hasta el planeador. Iba a bordo de un burro cuando lo avistó un helicóptero. «Tuve que saltar al helicóptero y con el apuro ni siquiera alcancé a despedirme de ellos. Les debo mi vida a esos gallos. Pero los voy a encontrar de alguna forma». Ni siquiera sabe cómo se llaman.
«Dormíamos cucharita para darnos calor con los arrieros»


