Durante noventa minutos la vida acepta otro reloj. El tiempo avanza con una arbitrariedad que depende del marcador.
Vladimir Nabokov descubrió muy temprano que el arco era una forma de apartarse del mundo. En su autobiografía cuenta que el director de su escuela en San Petersburgo lo reprendía por perder el tiempo bajo los tres palos mientras los demás corrían detrás de la pelota. «Estaba loco por ser arquero», escribió. Una vez chocó con un rival, quedó inconsciente y conservó el balón abrazado al pecho. Tuvieron que quitárselo para atenderlo. Incluso desmayado seguía defendiendo.
La escena parece escrita por Nabokov: un niño suspendido entre la luz y la oscuridad, aferrado a una pelota. Años después definiría la existencia como «una rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas». El fútbol cabe perfectamente en esa rendija. Durante noventa minutos la vida acepta otro reloj. El tiempo avanza con una arbitrariedad que depende del marcador: para quien gana, el segundero padece artritis; para quien pierde, corre como un delantero sin marca. A veces, en una misma jugada, ambos equipos cambian de religión.
Yo pertenezco a la cofradía de quienes desean que el misterio perdure. Si pudiera fijar una imagen para siempre, volvería a los once años, a España 82, al minuto 68 de Brasil-Italia en Sarriá. Falcão recibe, amaga y saca un zurdazo que pone el 2-2. Su festejo tiene algo de resurrección pagana: el puño cerrado, la boca abierta, el alivio de millones que creen que el futuro acaba de ser salvado. Paul Howard escribió que el mejor Mundial de tu vida es el que viste a los once años. La edad admite pequeñas prórrogas. La sentencia, ninguna.
Desde aquel torneo mi memoria cuenta once mundiales. Esa es mi unidad doméstica del tiempo. Otros usan décadas, gobiernos, matrimonios o mudanzas. Yo puedo medir la vida entre el grito de Marco Tardelli ante Alemania y la aparición reciente de Romario y Bebeto en Estados Unidos, ahora con canas, menos pelo y el aire desconcertante de dos muchachos que envejecieron en nuestro lugar.
Jean-Philippe Toussaint sostiene que el tiempo del juego detiene la muerte. Quizá por eso el tiempo agregado resulta tan inquietante: cada centro cae al área con la urgencia de una llamada a las cinco de la mañana, cada rebote parece capaz de alterar una biografía o escribir un epitafio. El árbitro lleva en la muñeca un pequeño artefacto de poder absoluto.
La pausa de hidratación ha introducido ahora otro misterio. En plena agonía, cuando el partido alcanza esa temperatura en que nadie se atreve a pestañear, aparecen tres minutos de publicidad y millones de espectadores son expulsados de la cita sin tarjeta roja. La infancia futbolera ignoraba ese abismo. Resulta difícil imaginar el gol de Falcão, que cayó justo antes de lo que sería la pausa, seguido inmediatamente por un anuncio de bebida energética, una casa de apuestas y un automóvil que atraviesa el desierto. Había que dejarlo festejar. También nosotros necesitábamos esos segundos para creer que el tiempo, por una vez, estaba de nuestro lado. Aunque sólo fuera una ilusión más, entre tantas, de este corto viaje.


