Desventuras cotidianas de los que viven con muchos kilos de más
Hay estudios que aseguran que creemos que los obesos son menos inteligentes que los flacos y que no adelgazan porque no quieren. Falso.
El doctor estaba leyendo cuando Tania Rosales entró a la consulta. Una vez acomodada en la silla, el especialista levantó la cabeza y sin ningún tapujo exclamó: «Eres asquerosamente gorda». La aludida se puso de pie y le encajó un puñetazo en la mandíbula al poco delicado galeno. No contenta con el golpe, la mega obesa lo amenazó: «Te digo altiro que te van a echar rapidito de este consultorio» y así fue, el médico sólo duro tres meses.
Tania ha llegado a pesar más de 160 kilos y su índice de masa corporal excede a 50, por lo que está dentro del rango más elevado de obesidad. Gracias al Movimiento de Obesos Mórbidos (MOM), la mega mujer tomó conciencia de su situación y participa en las clases especiales de educación física que el grupo organiza en el estadio Víctor Jara.
Tanto ella como sus compañeras saben de discriminación, Anita tiene 45 años, pesa 132 kilos y nunca ha pololeado. Como no pudo resistir los insultos que le dedicaban sus compañeras, abandonó el colegio y se quedó en su casa al cuidado de su abuela mientras su madre trabajaba. «Casi no veía a mi mamá y ella me regaloneaba con dulces. Todos los días llegaba con pasteles o chocolates», cuenta tímidamente. Este encierro la hizo engordar más y rechazar la interacción con la sociedad. «Me acuerdo que una vez fui a tomar la micro y el chofer me dijo que tenía que pagar doble pasaje». Este tipo de comentarios la inhibieron también al momento de enfrentar tareas tan normales como buscar trabajo, tener amigos o mirarse al espejo. Hace pocas semanas y por primera vez en 35 años, Anita se puso pantalón corto, polera y fue a la piscina. Ahora, no le importa que le digan «chicharrón de ballena o tapón de artesa», sabe lo que es y no tiene prisa por bajar de peso.
Mamá, me quiero morir
María Nina Campos se ha quitado de encima 34 kilos en los últimos meses y asegura que siempre tuvo sobrepeso. «Era la típica guagua rolliza que todo el mundo encontraba saludable. De hecho, mi mamá que era rusa me daba después de cada papilla un plato de tallarines con crema cortada y azúcar flor para las defensas». De su obesidad, lo que más le ha costado sobrellevar es la sexualidad: «En la cama, me daba lata pensar que el otro se iba a encontrar con los rollos, con mi guata. eso era fuerte».
Gracias al tratamiento que sigue hace meses con el grupo de Tratamiento Holístico para Obesos en Recuperación (THOR), Nina logró que la comida dejara de ser el centro de su vida, según ella: «el secreto radica en darte cuenta de que esta es una adicción como cualquier otra y para superarla tienes que tener claro que el problema es sólo tuyo, de nadie más». En estos momentos está viviendo la peor consecuencia de la gordura, su hijo menor también tiene sobrepeso: «Cuando mi niño tenía cuatro años empezaron a molestarlo en el colegio por el peso, lo pasó tan mal que andaba con polerón hasta en verano. Incluso me dijo: mamá, me quiero morir . En ese momento no le hice caso, pero un día íbamos en el auto por Kennedy y abrió la puerta para tirarse. Ahí casi me morí, lo llevé al psiquiatra y estuvo un año con tratamiento para la depresión. Ahora tiene siete años y le descubrieron que tenía encopresis, un trastorno psicológico que provoca que el niño se haga caca sin darse cuenta. Es terrible», cuenta apenada.
La nutrióloga del Hospital Clínico Universidad de Chile, Karin PapaPietro, da cuenta de que existen estudios internacionales que ratifican la idea de que existe discriminación real hacia los gordos: «La gente piensa que el obeso es una persona que tiene pocas capacidades físicas y mentales o que son menos inteligentes que las personas con peso normal. También se tiene la percepción de que los obesos no adelgazan porque no quieren y esa supuesta falta de voluntad es la que provoca discriminación».
El entierro de la gorda
Claudia Iglesias está delgada, después de la terapia en THOR logró bajar 30 kilos: «Llegué a los 93 y me sentía pésimo. Era incapaz de mirarme al espejo o de arreglarme, cada vez que iba a una entrevista de trabajo sabía inmediatamente que no me iban a aceptar.Me acuerdo que una vez me compré una tina de hidromasaje y no me pude meter. Pero lejos, el momento más dramático que viví siendo gorda fue cuando me vi en una foto con mi hija el día de su graduación. Me veía tan mal que lo primero que pensé es que le había arruinado la fiesta. Para celebrar su nuevo estado, Claudia, invitó a su familia y amigos para que fueran testigos del «entierro de la gorda»: «Compré un globo gigante con helio y escribí que nunca más quería ser obesa, después lo solté y lo dejé ir, fue un momento muy especial», cuenta orgullosa.
Ana María Álvarez también está en camino de volver a su peso ideal, ha bajado 40 kilos aunque le sigue aproblemando su busto: «Cuando era joven era flaca pero pechugona y cuando engordé me decían de todo, desde vaca holandesa hasta fábrica de leche. Como acá los sostenes especiales son carísimos (de 60.000 a 120.000 pesos) los encargo al extranjero.
Las chicas del MOM no tienen esa posibilidad, Tania reconoce que para aperarse de ropa interior va a la feria, compra los calzoncillos más grandes que pilla. Tampoco tiene los recursos para seguir al pie de la letra las dietas recetadas por los especialistas: «Es muy simple, tengo luca al día para alimentar a mi familia, así que no puedo comer pescado, estoy obligada a comprar fideos me los como. Trato de no hacerme problema, como he roto tres camas me hice una con puro fierro. Si tengo que subirme a un micro con torniquete paso primero la guata y si en el cine, los apoyabrazos no se levantan, me siento en la escalera. Lo que sí nos complica a todos los obesos son las sillas, siempre las miramos primero para ver si cabemos o si las vamos a romper», explica resuelta y muerta de la risa. Total, ya está acostumbrada.
-«Siempre miramos las sillas para ver si cabemos o si las vamos a romper», cuenta Tania.
-Ya no somos desnutridos, ahora somos obesos
Las cifras son lapidarias: en los años 60, la desnutrición era el mal del 37% de los niños chilenos, actualmente ese problema está casi erradicado. Hoy la complicación es otra, el 21,1% de la población infantil es obesa. La doctora Karin Papapietro, nutrióloga del Hospital Clínico Universidad de Chile, explica este fenómeno: «Con la vida moderna se han modificado hábitos importantes, por ejemplo ha habido un desarrollo explosivo de comida rápida que aporta altas cantidades de calorías a muy bajo precio. Por mil pesos te puedes comer hasta 2.000 calorías. También es importante el cambio drástico que ha sufrido la actividad física cotidiana. Antes, la casa se envirutillaba y eso quemaba calorías; los niños salían a jugar a la pelota o se subían a los árboles. Hoy están sentados frente a un computador o una consola. Por otra parte, las casas son más pequeñas y hay más autos, tampoco hay que caminar grandes distancias para tomar la micro, todo eso influye en que diariamente te muevas menos».
-El pan tiene la culpa
A na María Álvarez confiesa que lo que más le cuesta dejar de comer es el pan: «Varias veces iba a la panadería y salía con dos marraquetas de más para comérmerlas en el camino y que en la casa no se dieran cuenta». Y continúa la confesión: «no me importaba comerlo duro o pelado, lo importante es que era pan». La orientadora y terapeuta holística Marcela Desrets, trabaja los problemas de sobrepeso basándose en que la obesidad es una enfermedad de la voluntad donde la relación adictiva que se tiene con los carbohidratos es esencial: «En general, a la gente le cuesta dejar de comer harinas blancas y el pan es adictivo y más encima muy barato». La nutrióloga del Hospital Clínico Universidad de Chile, Karin Papapietro, agrega: «Los carbohidratos tienen un efecto a nivel de las hormonas cerebrales del bienestar, pero como el efecto es muy pasajero, sí hay personas que se van volviendo adictas a mantener esta sensación comiendo pequeñas porciones de carbohidratos repetidamente», sentencia.


