Ni siquiera hay que manifestar una opinión acerca de los desfiles militares para mostrar que algo no calza en ellos cuando los medios les aplican adjetivos del campo de la estética. Podemos discutir cuáles son los bordes de la belleza, claro que sí, pero ni con los criterios más relajados del mundo podríamos decir que la hermosura es un atributo de un buque de guerra o que un rugido de F-16 es una auténtica preciosidad sonora. Dicho de otro modo, si nuestro ojo estético ha comenzado a decir que un tanque o una batería antiaérea son hermosos, ¿qué podremos decir de los pajaritos cantores, de las lolitas primaverales, de los damascos en flor: diremos, acaso, que ahora son gallardos, soberbios, impresionantes?
Probablemente no digamos nada. La belleza ha pasado a los cuarteles de invierno. La verdad es que cada quien hace lo que quiere con sus adjetivos. Sin embargo, los mismos que alaban en términos estéticos las armas de guerra o califican una exhibición bélica como un espectáculo familiar, flor de panorama superchoriflay, suelen ser los primeros en poner el grito en el cielo cuando se descubre una pandilla de adolescentes armados a lo Rambo o compungirse en una cara de espanto cuando un pobre gallo mata a su mejor amigo descerrajándole doce tiros por la espalda.
Lo absurdo de todo esto es que el pacifismo, muy lejos ya de ser un ideal civilizado, se ha ido convirtiendo en una conducta sospechosa e indeseable. Lo bonito ya no es la pipa de la paz ni las palabras, sino la pólvora y el fierro. Lo hermoso son los pitbulls, la mostrada de dientes, el caballazo, la prepotencia. La belleza, en fin, no es ya la vida, sino la muerte.


