Preciosa la metralleta

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Hace años era habitual burlarse de los titulares de los diarios en estas fechas, que repetían robóticamente los adjetivos «gallarda», «soberbia» o «impresionante» para describir la parada militar. Lo chistoso no eran los adjetivos en sí, desde luego, ni tampoco el énfasis de las mayúsculas entre signos de exclamación, sino la poca originalidad. Es probable que los editores, ya fuera por la fuerza de la costumbre, por el peso de las instituciones armadas o por el mero gusto, no tuvieran otra opción, pero lo cierto es que la repetición anual de las portadas se había transformado en un rito periodístico, aderezado por un set de imágenes igualmente repetidas año tras año: el guaripola más pintoso, el niño disfrazado de militar, el perro «simpático» a la siga de los bototos y, por supuesto, la «belleza de la mujer chilena» captada con zoom en las filas de algún batallón.No sé en qué momento eso empezó a cambiar. Los diarios ahora titulan con frases más llanas, inexpresivas o enfocadas en algún aspecto novedoso. La televisión, sin embargo, ha recorrido el camino inverso: si antes se caracterizaba por una especie de neutralidad descriptiva, ahora los periodistas prácticamente «animan» los desfiles con un entusiasmo sensacional. En el final de la revista naval, alcancé a escuchar que una periodista calificaba el evento como «maravilloso». Más allá, un reportero le retrucaba que había sido un «hermoso espectáculo». Una señora, para no ser menos, decía que el paso de los buques había sido «bonito», a lo que un tipo acotaba un «precioso» que le salía del alma.

Ni siquiera hay que manifestar una opinión acerca de los desfiles militares para mostrar que algo no calza en ellos cuando los medios les aplican adjetivos del campo de la estética. Podemos discutir cuáles son los bordes de la belleza, claro que sí, pero ni con los criterios más relajados del mundo podríamos decir que la hermosura es un atributo de un buque de guerra o que un rugido de F-16 es una auténtica preciosidad sonora. Dicho de otro modo, si nuestro ojo estético ha comenzado a decir que un tanque o una batería antiaérea son hermosos, ¿qué podremos decir de los pajaritos cantores, de las lolitas primaverales, de los damascos en flor: diremos, acaso, que ahora son gallardos, soberbios, impresionantes?

Probablemente no digamos nada. La belleza ha pasado a los cuarteles de invierno. La verdad es que cada quien hace lo que quiere con sus adjetivos. Sin embargo, los mismos que alaban en términos estéticos las armas de guerra o califican una exhibición bélica como un espectáculo familiar, flor de panorama superchoriflay, suelen ser los primeros en poner el grito en el cielo cuando se descubre una pandilla de adolescentes armados a lo Rambo o compungirse en una cara de espanto cuando un pobre gallo mata a su mejor amigo descerrajándole doce tiros por la espalda.

Lo absurdo de todo esto es que el pacifismo, muy lejos ya de ser un ideal civilizado, se ha ido convirtiendo en una conducta sospechosa e indeseable. Lo bonito ya no es la pipa de la paz ni las palabras, sino la pólvora y el fierro. Lo hermoso son los pitbulls, la mostrada de dientes, el caballazo, la prepotencia. La belleza, en fin, no es ya la vida, sino la muerte.

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