Daniel Popín Castro relata su paso con Limache desde los potreros al balompié profesional
Mi meta era marcar muchos goles para hacerme conocido y lograr algo, señala el delantero.
Antes que todo, Daniel «Popín» Castro (31) aclara por «enésima» vez que su singular apodo no tiene nada que ver con lo que la mayoría cree. «No es por mi trasero. Es una historia un poco más elaborada. Cuando era cabro chico, en la liga del barrio me decían Pin Pon, por el muñeco, porque tenía pecas y mis mejillas quedaban rojitas después de los partidos. Así me conocían hasta que en el programa del Kike Morandé apareció un personaje que hacía una parodia y llamaba Popín al muñeco. Y claro, mis compañeros agarraron papa y empezaron a llamarme así».
¿Le gusta o le molesta que lo llamen Popín?
«Nunca me ha molestado y en el último tiempo me he dado cuenta de que es como mi marca. Tal vez en el futuro le saque provecho económico (ríe)».
Usted hoy vive un momento estelar. Es una de las figuras del torneo de Primer División. ¿Soñó con algo así?
«De que lo soñé, lo soñé, porque siempre quise ser futbolista. Pero no tenía claro que iba a lograrlo porque nunca hice divisiones menores. Yo me hice en el barrio, en las ligas de mi pueblo y así era difícil pensar que la tendría fácil. Por eso mi meta era hacer muchos goles para hacerme conocido y lograr algo».
¿Cómo fue su historia en los equipos de barrio?
«Yo vivo desde los ocho años en Campiche, en la comuna de Puchuncaví, y mi primer equipo, del que salí, es el glorioso Bernardo OHiggins de Campiche. Después me fui a Cruz del Llano de Puchuncaví y ahí me empecé a visibilizar más porque fui seleccionado de la comuna y jugué campeonatos contra las selecciones de Zapallar, de Papudo, de Maitencillo. Ahí me detectaron para dar mi primer salto a Quintero Unido de la Tercera División B».
¿Fue ese el momento donde hizo click en su carrera?
«La verdad es que no. Resulta que, cuando me fui a Quintero Unido, yo recién había terminado el liceo técnico y me había titulado de electricista. Tuve la suerte de hacer la práctica en la Refinería de Concón y luego me contrataron en la empresa Quintero S.A., que trabaja con camarones. También hacía la mantención eléctrica a algunos barcos. Así que yo trabajaba en mi profesión y también jugaba. Me gustaba la pega que hacía y el fútbol también. Realizaba ambas cosas con gusto».
¿Y cuándo tuvo que decidirse por una sola?
«Estando yo en Quintero Unido, el entrenador -que se llama Gerardo Astudillo y al cual nunca más he visto, pero que si lo veo hoy le doy un abrazo- me dijo que él había sido contratado en General Velásquez, que jugaba en Tercera A, y que quería llevarme. Ahí tuve que pensarla. No sabía qué hacer porque irme significaba no sólo dejar mi familia, sino que también mis pegas. Lo hablé con mis viejos, y ellos me dijeron que me apoyarían si quería jugar, aunque eso era menos seguro que mi trabajo como electricista. La verdad, pude haber ganado más dinero como eléctrico, que es mi profesión, pero quería jugar fútbol, y ahí decidí irme a General Velásquez, en 2016».
¿Fue una buena decisión? ¿No se arrepiente?
«Ahora no, pero confieso que estando allá en San Vicente de Tagua Tagua sentí que me había equivocado. Me fui solo, firmé contrato por 200 mil pesos y vivía en una pensión con ocho compañeros. La pasé mal porque hubo meses que no me pagaban y tuve que jugar en los potreros, en equipos de liga de barrio en San Vicente de Tagua Tagua para ganar 40 lucas y solventar mis gastos».
¿Le dieron ganar de largar todo?
«Sí. Incluso hicimos un paro. La mayoría de mis compañeros decidió no jugar si no les pagaban. Yo me plegué, aunque los dirigentes del club nos dijeron que la ANFA podría sancionarnos».
Igual ustedes estaban pidiendo lo justo.
«Claro, pero era un riesgo. Por suerte se atravesó Limache en mi vida».
¿Cómo fue eso?
«Cuando fui a jugar con General Velásquez a Limache, donde convertí un gol, se me acercaron de Deportes Limache para decirme que me conocían desde que estaba en Quintero Unido y que les gustaría que jugara por ellos. Fue el dueño del club, don César Villegas, y el profe Víctor Riveros los que me conversaron. Yo les dije que tenía contrato hasta fines de año en General Velásquez, pero ellos me dijeron que no me preocupara. Que sólo jugara para que la ANFA no me sancionara. Así, me devolví a Campiche y empecé a entrenar de lunes a jueves en Limache y el viernes me iba a San Vicente de Tagua Tagua para jugar por General Velásquez el fin de semana. Así hasta que terminé mi contrato con ellos y me incorporé a Deportes Limache. Nunca supe cómo llegaron a acuerdo los clubes. Me imagino que Limache fue el que pagó mi sueldo estando en General Velásquez. Pero eso no lo supe nunca».