En su larga y exitosa trayectoria de 17 años el ciclo «Grandes Pianistas» del Teatro Municipal ha desplegado mucha carga temática, con temporadas o conciertos dedicados a repertorios específicos. En esos contenidos la presencia de Bach ha sido escasa, y tras unas memorables «Variaciones Goldberg» (2009), se tuvo un nuevo encuentro con su legado el pasado martes.
La razón de que este compositor no esté más presente en un ciclo de pianistas es que su enorme producción para teclado excluye el piano. Así, el Bach «pianístico» es transcrito desde piezas originales para órgano o clavecín, como lo fue en el recital que comentamos, ofrecido por la pianista estadounidense Simone Dinnerstein.
El programa partió con arreglos de tres preludios corales, bastando esta sección para percibir en la solista rasgos interpretativos que se hicieron presentes a lo largo de toda la velada. Claramente se advierte que concibe dos mundos completamente distintos en el tránsito por movimientos lentos y rápidos.
Entre esas tres breves piezas no hubo pausa, y de la primera, de sosiego extremo, pasó a la otra, vertiginosa, para culminar con el célebre coral «Jesús, Alegría de los Hombres» con paso muy calmo.
Siguieron tres obras de mayor amplitud – Partita N° 5, Suite Inglesa N° 3 y Suite Francesa N° 5 – todas con la misma estructura de sucesión de partes rápidas y lentas, con estilizaciones de aires de danza. En la veintena de partes que las integran, tituladas en francés, Dinnerstein se develó como una extraordinaria intérprete de Bach.
Los aplausos que premiaron la lucida actuación hicieron que la pianista propinara un encore. Y ella ofreció el «Aria» de las «Variaciones Goldberg» con lentitud exacerbada.
Este recital del ciclo de «Grandes Pianistas» lo sentimos como un Bach «en blanco y negro», y no sólo porque así son las teclas del piano, sino también porque esa dualidad pictórica contrasta universos tan opuestos como los que mostró la solista invitada.


