La teleserie de Mega arrasa en sintonía porque toca con suma pericia la tecla del suspenso.
Hablemos de horarios televisivos aparentemente malos. Uno iría de las 16 a las 17.30. Es la hora de la siesta. Cualquier panorama parecería mejor que prender la tele. Y con cualquiera me refiero a cualquiera.
Es la franja que le tocó a «El jardín de Olivia», la teleserie de la tarde que Mega hizo debutar el 17 de marzo de este año. Contra todo lo presupuestado, pero a la vez corroborando que hoy por hoy las grandes sintonías no las gatillan ni los estelares ni los matinales, esta producción nacional no baja del tercer lugar en el rating diario.
Según datos de Kantar Ibope Media, en la última semana y media «El jardín de Olivia» ha registrado un promedio de televidentes/hogar de 638 mil personas y un alcance, en las diversas plataformas a través de todo el país, de 854 mil consumidores.
Son datos no menores. Revelan que esta propuesta de ficción supera a proyectos millonarios, como «Mundos opuestos III» de Canal 13, «Fiebre de baile» de Chilevisión y «El internado» del mismo Mega.
En este exitoso culebrón brilla Alejandro Trejo, como el pérfido empresario Luis Emilio Walker. Va siendo hora de darle un premio a la trayectoria o algún reconocimiento similar. Es un actorazo y tiene varios récords a su haber, entre ellos el de tener más personajes que mueren en el curso de una telenovela (en «Las Vegas», el 2013, fue en los primeros minutos). Otra consagrada que reverdece laureles es Catalina Guerra (interpreta a Bernardita Vial).
En cuanto a las nuevas hornadas, no se puede desconocer el exuberante talento de Ignacia Sepúlveda (acá da vida a Jéssica Reyes), que a su habilidad para personificar agrega una voz de esas que de verdad acarician (también es locutora).
Hay guiños a clásicos, como la historia de amor de Clemente Walker (Pipo Gormaz) y Diana Guerrero (Nicole Espinoza, con trabajos en «La chúcara» de TVN y «Juego de ilusiones», que antecedió en Mega a esta producción), que, cuales Romeo y Julieta contemporáneos, han debido luchar contra la irreconciliable relación histórica de sus respectivas familias.
El argumento es muy «La madrastra» (no estoy siendo despectivo, esa obra de Arturo Moya Grau fue un bombazo). Diana se las arregla para colarse en un clan muy pudiente con la misión expresa de descubrir quién de sus integrantes mató a su madre.
De ahí para adelante, se han sucedido turbiedades, balazos, relaciones tóxicas e intentos de secuestro. El suspenso es la consigna y la emoción preponderante.


