Hernán Calderón y Pablo Schilling deberían unir fuerzas de una vez por todas y establecerse con una pastelería. Lo digo por la cantidad de pastelazos que se han turnado en protagonizar por estos días. Primero hablaron en privado y hasta ahí todo bien, pese al flagrante clasismo del abogado al tratar de «manchas negras» en la blanca piel del caballo que sería el musculín a los anteriores amores del mismo (Mariela Montero y Angie Alvarado). ¿Qué cómo lo supimos? Porque el Johnny Bravo chileno dio a conocer justo esa parte de la charla íntima en «Sálvese quien pueda».
Calderón reaccionó tratándolo a través de los medios de «poco hombre» por andar desclasificando conversaciones privadas y Schilling no agachó el moño: su tocada de oreja consistió en opinar que los verdaderos hombres se dicen las cosas a la cara. Con ese nivel, si hubieran tenido unos estoques a mano se dejan como coladores.
Ayer, a través del mismo «S.Q.P.», Schilling ofreció sentidas disculpas a su «suegro» y terminó el contacto telefónico llorando a moco tendido. «Tan pailón y tan teatrero que salió este niño», seguramente pensaron algunos en ese momento.
Es que su modus operandi es espeluznantemente calcado a los casos anteriores. Mire: ningunea a la ex, se muestra enamoradísimo de la actual (mejor dicho «futura ex»), se enreda en reyertas familiares con la parentela de su peoresnada, se queja de un acoso periodístico que aparentemente lo agobia (pero que Angie asegura que le encanta, por los dividendos económicos que acarrea), clama el perdón del cielo por sus errores y termina hablando de los valores que supuestamente le habría inculcado su familia, como un malhechor arrepentido.
Lo otro que llama la atención y lleva directo a la sospecha es que todo lo hace a través de los medios. Fotos cachondas con su pareja de turno en revistas. Declaraciones de amor en estelares de farándula. Hasta esto último, precisamente lo que era una plática entre cuatro paredes y dos corazones tenía que hacerlo público. Es raro que se queje de que los medios lo siguen si es él el que va detrás de los medios todo el rato.
B ueno, pero concedámosle la posibilidad de que esta vez esté siendo sincero. Quién no ha metido las patas hasta el fondo por amor, esa imbarajable fuerza que quiebra hasta a los más forzudos.
Quizás estamos ante lo que la resucitada Pamela Jiles (vuelve este lunes en «En portada») llamó una vez «monógamo sucesivo», refiriéndose a Felipe Camiroaga (hombres que nunca se proyectan con sus parejas).
Pero en una de ésas luego de cortar el teléfono a «S.Q.P.», luego de su declaración pública, siguió llorando. Su torpeza en la forma en que se relaciona con la prensa y con el mundo en general no debería bastar para determinar que es un «mentiroso, cuentero, chupamedias e interesado», como lo tildó Angie en el programa radial de Ricardo Cantín. Quizás ahora sí esté enamorado. Pero si termina con Kel y lo volvemos a ver en las mismas, su credibilidad quedaría bajo tierra. Y no habrá cápsula que la rescate.


