Qué regio

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El Festival de Viña opera como un gran negocio del rubro entretenimiento, pero su estructura organizacional es sólo un poco más compleja que la de una kermesse de liceo o fiesta de la primavera.

En unas declaraciones recientes a una revista, un productor de espectáculos, que al parecer era el encargado de proponer artistas para el Festival de Viña, no escondía su frustración por el hecho de haber sugerido números relativamente novedosos, con artistas de cierto talento y calidad, gente como Manu Chao, Gilberto Gil o Emir Kusturica y la No Smoking Orchestra, pero que la comisión organizadora iba rechazando uno tras otro. El motivo del rechazo era uno solo: a la comisión no le sonaban esos nombres ni en pelea de perros.

Es llamativa la persistencia que ha tenido en el festival su origen burocrático pueblerino. La imagen de la alcaldesa como figura crucial del evento es algo que parece no calzar con una época en que la gestión de cualquier cosa tiene como prioridad su eficiencia, su marca o sus utilidades. El festival opera como un gran negocio del rubro entretenimiento, pero su estructura organizacional es sólo un poco más compleja que la de una kermesse de liceo o fiesta de la primavera. En su proyección supongo que se evalúan enormes flujos de caja, gráficos de oferta y demanda, estudios de esto y de lo otro, pero por sobre todo se evalúa la voluntad de una señora inenarrable y de algunos funcionarios de aquellos que antes se llamaban «grises».

Desde luego, el festival es sólo la expresión más vistosa de un fenómeno que se irriga por todo el sistema circulatorio nacional. Las actividades culturales gratuitas de verano, por ejemplo, se han ido expandiendo casi como costumbre municipal, lo cual está muy bien, pero siempre queda la sensación de que el diseño de tales acontecimientos vecinales está hecho por algún concejal demasiado animoso o por algún contador de la dirección de aseo y ornato. Si se trata de cine, las películas elegidas nunca, pero nunca, pasarán la barrera del entendimiento de ese funcionario. Si se trata de música, los cantantes jamás entonarán una sola nota que exceda el criterio municipal. Si se trata de libros, más vale quedarse en la casa y hacer un asado.

Ése es quizás el mecanismo que define todos los lastres chilenos: creerse capaces de hacer cualquier cosa y de hacerla mejor que los especialistas. Los hinchas son todos óptimos entrenadores, los analfabetos saben enmendarle la plana al escritor más pintoso, los albañiles harían mucho mejor el trabajo de los gasfíteres y los gasfíteres saben estucar como nadie. Las cartas a los diarios están llenas de documentos sobre esa enfermedad: tipos que se creen el centro del mundo, aunque sea obvio que el mundo gira por cuenta propia, muy lejos de ellos.

En todas partes la administración de pequeñas o grandes cuotas de poder se convierte en un problema de convivencia, de respeto por los demás, porque a fin de cuentas es una válvula de escape para los impulsos egocéntricos. Un alcalde demasiado voluntarioso puede destruir el sentido de un barrio por el solo capricho de creerse original o hacedor: tanto peor si dice que tales originalidades son «un sueño hecho realidad». Por su parte, un funcionario de informática puede hacerles la vida imposible a los trabajadores imponiéndoles métodos de dudosa inteligencia que para él son geniales. Desde luego, estamos rodeados. Se mire adonde se mire, todo funciona así, según la voluntad de alguien que cree estar haciéndolo regio.

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