FOTOS DE REFERENCIA (Cargar Manualmente):
FOTO 1
Ruta: /2015/01/08/20150108215026292.jpg
Título/Pie de foto: Antonio Gil
Los argentinos han rechazado por unanimidad del Senado la decisión británica de nominar «Tierra de la Reina Isabel» a una parte que coincide con las reclamaciones territoriales trasandinas y chilenas. ¿Y nosotros qué hemos hecho? Nada.
Antonio Gil
Hace un par de años, para festejar los sesenta años de reinado de Isabel II de Inglaterra, bien pudieron regalarle a la distinguida señora una gran torta de Fortnum & Mason, finísima pastelería reconocida como una de las once mejores del mundo. Pero no. Como parece que siempre es mejor regalar lo que no es de uno, el Ministerio de Relaciones Exteriores británico le obsequió nada menos que 437.000 kilómetros cuadrados de la Antártica, justo donde hay una superposición de los territorios chileno y argentino. Junto a la cinta dorada, el paquetito rezaba: «Tierra de la Reina Isabel».
Las autoridades argentinas se pararon de frentón en dos manos ante este «engañito» que hoy ya se está convirtiendo en mapa y mañana, no lo duden, será un sólido argumento al instante de cristalizar peticiones soberanas y deslindes. Ese precedente no se deshace en la boca como el chocolate Fortnum & Mason. Hemos visto ya varias cartas náuticas que representan esos sudarios de hielo y bruma impresas con el gracioso nombre de «Tierra de Isabel II». En Chile, parece que nadie se enteró. No escuchamos el sonar de esmeriles afilando cimitarras, como hacen algunos políticos cada vez que un cabro israelí cargado al acné se acerca a nuestra tan ignorada como cacareada Patagonia. ¿Dónde andaban esos valerosos parlamentarios cuando la doña coronada recibió su presente? ¿Estarían comiendo un buen shawarma? ¿No es acaso la Gran Bretaña parte del mitológico y judaico Plan Andinia? Nos parece que sí. Lo cierto es que por ignorancia pura y dura (o acaso cobardía) nadie abrió la boca.
El Tratado Antártico, que rige desde 1961, es categórico al señalar que sólo se le pueden hacer modificaciones mediante la unanimidad de los miembros consultivos, vale decir, Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, Sudáfrica y Rusia. O sea, con el megarregalito se pasaron los británicos por el arco de triunfo los acuerdos al irse unilateralmente en volada y sin consulta a nadie. A lo Drake, a lo Sharpe, a lo Barbarroja.
Los argentinos de inmediato rechazaron por unanimidad del Senado la decisión británica de nominar «Tierra de la Reina Isabel» a una parte que coincide con las reclamaciones territoriales trasandinas y chilenas. ¿Y nosotros qué hemos hecho? Nada. ¿Los paladines que luchan contra el Plan Andinia no han cachado el gol de media cancha que nos encajó Tierra de Ángeles, como también en algunos círculos mágicos cabalísticos se conoce a Inglaterra? Lo que se juega no es poco: casi toda el agua dulce del globo está ahí. Volando sobre nuestra estupidez supina y nuestra obsecuencia, los ángeles piratas llegaron con su gélido presente hasta el apolillado trono de la reina.


